jueves, 13 de junio de 2013

Una religión para los pobres.



Dios se levanta en la asamblea y juzga a los señores de la tierra:
"¿Hasta cuándo juzgarán injustamente
y favorecerán a los malvados?
¡Defiendan al desvalido y al huérfano,
hagan justicia al oprimido y al pobre;
libren al débil y al indigente,
rescátenlos del poder de los impíos!"

                                                            Biblia. Salmo 28


"La religión es el opio de los pueblos", sentenció Carlos Marx en un rapto de genialidad y de delirio. Sabía lo que decía e ignoraba lo que no decía. Tenía razón al denunciar a la religiones que inducen a los pobres a la resignación, pero estaba muy equivocado al suponer que toda religión les inculca  esperar   el cielo, donde se remediarían los males que padecen en la tierra.
"Hay muchas más cosas en el cielo y la tierra que las que supone tu filosofía", le diría a Marx, aún reconociendo la parte de verdad que descubre su sentencia. El hecho que él no supo percibir es que hay religiones y religiones. Las hay narcotizantes y evasivas y las hay solidarias con los pobres e  involucradas en la lucha histórica por su reivindicación.

Yo creo que el cristianismo es de esta clase, en su versión para mí más auténtica:  la que proclamó Jesús de Galilea cuando decía "el reino de Dios es anunciado a los pobres", queriendo significar que con su presencia se inauguraba un mundo a la medida de Dios,no del hombre,  donde el pobre se vería rescatado de su miseria,  y convocaba a todo persona de buena voluntad a tomar el arado y a trabajar por ese mundo, con fe y esperanza trascendente.  

Desde entonces, muchas cosas han cambiado  en la condición de los pobres gracias a la lenta pero constante aplicación al derecho y las costumbres de los valores e ideales impulsados por el cristianismo, aunque muchos de sus promotores no hayan sido concientes de la fuente de su inspiración. Hasta me animaría a decir que el mismísimo Carlos  Marx coincide en lo esencial con las motivaciones más profundas del evangelio de Jesús. Lo mismo sucede con muchos marxistas que luchan por la justicia social: son buscadores del reino de Dios aunque renieguen de él, aunque muy posiblemente sólo renieguen de las organizaciones religiosas denominadas "cristianas",  demasiado imbuídas del espíritu del mundo y solidarias con el poder que oprime a los pobres.

 La religión bíblica nunca fue en su esencia una religión desentendida de la situación de los pobres, como lo atestigua el salmo 28 y muchos otros pasajes de sus textos religiosos.  A modo de ejemplo, permíteme citarte otro muy significativo, tomado de los escritos proféticos.

“Y cuando me extendéis vuestras manos, aparto mis ojos de vosotros; y aunque mul­tipliquéis las plegarias, no os escucho, pues vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, purificaos, apartad vuestra maldad de delante de mis ojos, cesad de obrar mal, aprended a obrar bien, aspirad a la justicia y ayudad a los oprimidos ”.
Biblia. Isaías , capítulo 1

Así lo han entendido muchos cristianos, clérigos o laicos, en los largos dos milenios transcurridos desde que el maestro de Galilea lanzó su propuesta al mundo. Reconozco que no todos interpretan así al cristianismo y los respeto, pero creo que no hacen justicia al mensaje de Jesús.

Permíteme citar un ejemplo de religioso que entendió muy bien en qué consiste la vida cristiana y su misión de pastor. Lo he nombrado muchas veces, porque lo admiro como persona y como cura pobre para los pobres: Luis Orione. Si su ejemplo resultare para ti inspirador, aunque no compartes la fe cristiana, me daría por cumplido.


Lo que sigue fue publicado en la edición n° 47 de Revista Don Orione , junio de 2009


 
La poetisa Ada Negri, considerada por muchos como la primera escritora italiana proveniente de la clase obrera, había escrito que en los arrozales muere la poesía. Una de las tantas marcas de una sociedad inhumana donde la tierra, lejos de pertenecer y dar vida a quienes la trabajan, está enajenada, en manos de poderosos que la explotan y consumen de la misma manera que a sus trabajadores. Porque nada puede detener al afán de acumulación y enriquecimiento, nada, ni siquiera la muerte.

En la Italia de la primera posguerra, gran cantidad de hombres, y especialmente mujeres, eran llevados a trabajar a los arrozales. Lo hacían en condiciones tan degradantes que, junto a las palabras poéticas, centenares de mujeres por año dejaban de existir en aquellos campos rebosantes de arroz.

Semejante explotación y destrucción, no pasó por alto en la vida de un  religioso comprometido con los pobres, Luis Orione. Durante los primeros meses de 1919 se acercó a las víctimas de aquella sufriente realidad. Buscó darles ánimo y fortaleza, aunque no dejó de generar conciencia y denunciar el terrible atropello a un derecho humano tan fundamental como ganarse el pan dignamente.

Fue así que, con coraje y claridad de ideas, Luis Orione escribió una carta a modo de proclama, dirigida a los trabajadores de los arrozales. También estaba destinada a todo aquel que quisiese escuchar su pensamiento, verdadera llamada a una condición social más igualitaria.

Tal vez, no faltará quien se sorprenda al leer de puño y letra de un sacerdote católico palabras como proletariado, reivindicación, medidas de fuerza y varias, que suenan menos poéticas que tantas otras de sus expresiones. Sin embargo, éstas manifiestan su compromiso espiritual y social, el que lo llevó a rescatar niños de entre los escombros de los terremotos de Messina y La Mársica. El mismo espíritu que lo llevó a crear diversas instituciones  para acoger a los más pobres  de la sociedad, en quienes su fe le hacía ver el rostro de Dios.

Imaginando por un instante a Luis Orione viviendo hoy en nuestro país, seguro tendría palabras semejantes para las actuales víctimas de la explotación del sistema: las comunidades de pueblos originarios que deben trabajar en las tierras que les han sido arrebatadas; los que sufren las terribles consecuencias del uso de agrotóxicos; los empleados sometidos a condiciones laborales injustas por empresas transnacionales… y la lista podría continuar.

Si como dice la poetisa, en los arrozales muere la poesía, en las palabras de Luis. Orione, nace una vez más la esperanza, capaz de ponerse de pie ante las adversidades: “¡Trabajadores y trabajadoras de los arrozales, llegó la hora de su reivindicación!”


 ¡Proletariado de los arrozales, de pie!


( 18 de mayo de 1919)

Se abre un horizonte nuevo; a la luz de la civilización cristiana, que apuesta siempre al progreso, nace una nueva conciencia social, como flor del Evangelio.

Trabajadores y trabajadoras de los arrozales, en nombre de Cristo, que nació pobre, vivió pobre, murió pobre y entre pobres, que trabajó como ustedes y que amó a los pobres y a los trabajadores, en nombre de Cristo, ha llegado la hora de su reivindicación.

El trabajo debe ser limitado y adecuado a sus fuerzas y sexo. El salario debe tener relación con su esfuerzo y con sus necesidades; las condiciones de trabajo deben ser menos penosas, más humanas, más cristianas. Es un derecho, ¡Su derecho!

Nosotros, como católicos y como ciudadanos, emprenderemos éste año la batalla por las ocho horas en los arrozales.

No se dejen explotar por los capataces, no se dejen intimidar por las amenazas de los patrones, no se presten a ciertas maniobras que siempre terminan perjudicando al trabajador. Y si no hay más remedio, tomen medidas de fuerza; dentro de la legalidad, claro, pero háganlo. Únanse contra los rompehuelgas y no se dejen engañar por un horario que supere las ocho horas en los arrozales.

Únanse y sean solidarios. Si todos los pueblos de la diócesis que proporcionan trabajadores a los arrozales se unen en una red organizada y firme, sólida y cristiana, los llevaremos a una victoria segura.

Por sus reivindicaciones, por la justicia intrínseca de su santa causa, no nos quedaremos quietos. No, no dejaremos en paz, ni de noche ni de día, a los explotadores de la gente pobre, que va a sacrificarse en los inundados pantanos de los arrozales y en la malaria, que se ve obligada a alejarse de la familia para ganarse el pan.

¡Hermanos! ¡Con la bendición de Dios y de la Iglesia, trabajaremos por ustedes, y triunfaremos con ustedes!

Todos encontrarán trabajo, todos tendrán un salario justo, y asistencia moral y religiosa; descanso en los días de fiesta; control de sus derechos laborales (salarios, horarios, asistencia médica), alojamiento digno. Los defenderemos en todo lo que sea justo: haremos realidad sus legítimas aspiraciones y utilizando las leyes pertinentes vigilaremos, acompañaremos, animaremos.

“¡La unión hace la fuerza!” Tenemos que romper toda cadena que quita la libertad de hijos de Dios; tenemos que abolir toda esclavitud: debe cesar toda servidumbre, y para siempre.

En nombre de Cristo debe suprimirse la explotación del hombre por el hombre. La fuerza divina de éste nombre y su conducta honrada de trabajadores cristianos, les ayudará a conquistar cada uno de sus derechos, así como los llevará a cumplir sus deberes.

¡Proletariado de los arrozales, de pie! Abran los ojos y vean la aurora brillante que ya se insinúa: ¡es para ti, es tu día!

¡Adelante proletariado, adelante, llevando contigo la fuerza moral de tu fe y de tu trabajo, una era se abre: el mundo se renueva!

El Señor es tu Dios, está contigo: camina en la luz de Dios y nadie podrá jamás detener tu marcha triunfal.

Por tu interés, por tu dignidad, por tu alma. ¡Proletariado de los arrozales! ¡De pie y adelante!

                                                                                                                                   Luis Orione

Gracias por tu amable atención    
                                                     Raul Czejer

























 

No hay comentarios:

Publicar un comentario