miércoles, 23 de noviembre de 2011

Amor a sí mismo.


                                                                Abigaíl

Todos los que conocían la historia del barrio se persignaban cuando en noches de viento pasaban frente a la casa. Abandonada desde el día de la tragedia era sólo un refugio para alimañas de toda clase y de algún vagabundo al que sorprendía la noche buscando un lugar donde guarecerse. Los vecinos no se hubieran atrevido jamás a dormir allí, pero para quien ignoraba el terrible suceso que vieron esas paredes la casa era mejor que la intemperie, a pesar de las ventanas desvencijadas y los agujeros en el techo, que dejaban ver la luna en las noches de cielo despejado. Cuando el viento del oeste soplaba con fuerza batiendo las persianas y silbando al pasar por las rendijas de las paredes, era cosa de ser muy corajudo para no salir huyendo con la cola entre las patas como perro asustado. Si parecía que voces de ultratumba quisieran decir algo que nadie alcanzaba a descifrar. Muchos se figuraban que la casa estaba habitada por fantasmas.

Pedro era un muchacho valiente y curioso. Incrédulo acerca de fantasmas, le gustaba deshacer misterios y desencantar lugares encantados. No le temía a las sombras que se agitan en la oscuridad ni a los espíritus que supuestamente moran en las casas abandonadas, así que se propuso averiguar qué había en aquella mansión en ruinas que tanto temor causaba a los vecinos. Sabía que tenía que esperar la noche propicia para que los fantasmas pudieran hablar a la imaginación: noche de ulular del viento y de luna que se asoma y se oculta tras nubes negras pregoneras de tormenta.

—Tú estás chiflado —le dijo la madre cuando se enteró de su proyecto.
—No pasa nada, mami. Son fantasías de la gente —le dijo Pedro para tranquilizarla.
—Sé que eres cabezadura y que no aflojas cuando se te pone algo entre ceja y ceja. Yo algo sé de aparecidos y de almas en pena. Te voy a dar una pata de conejo y una estrella de seis puntas, que según me han enseñado  mis abuelos protegen contra el maleficio y los espíritus malignos.
—¿Te parece necesario, mamá?
—Y, mira, nunca se sabe. Llévalas en la mano izquierda, si no, no tendrán efecto. No lleves linterna; de lo contrario los fantasmas no aparecerán, porque le temen a la luz.

Bien afirmado en su coraje y en los talismanes que le diera su mamá, una noche de viento pampero y nubes amenazantes que presagiaban tormenta, se llegó hasta la casa. Apenas traspuso el umbral lo asaltó un escalofrío de terror. Por un instante tuvo la tentación de salir en desbandada, pero se acordó de la pata de conejo que llevaba en el bolsillo, la apretó fuerte en su mano izquierda, tragó saliva y se metió en la casa apenas alumbrada por una luz de  luna que dejaba adivinar la silueta de los muebles.

De pronto un relámpago iluminó el recinto por un instante. Pedro se estremeció. Le pareció que alguien lo estaba observando desde un rincón de la sala. No vio a nadie, pero sentía  clavada en él la mirada de unos ojos invisibles. No le gustaba sentirse mirado de  esa manera.

—¿Quién está ahí? —dijo con voz firme para darse coraje.
Sólo le respondió el silencio.
—Sé que estás ahí. Sal a la luz para que te pueda ver —insistió.
—Yo no puedo ir a la luz porque pertenezco a la oscuridad —respondió una voz de mujer que le sonó encantadora e inquietante.
Pedro sintió curiosidad y deseos de ver a la dueña de voz tan singular. Se figuraba que debía de ser una mujer muy hermosa.
—¿Cómo que perteneces  a la oscuridad? No te entiendo —dijo.
—Yo estoy suspendida entre este mundo y el otro, en la región entre la vida y la muerte donde moran los fantasmas. Aquí todo es oscuridad y silencio
—¿Eres un fantasma? —preguntó Pedro con voz temblorosa y apretó fuerte la pata de conejo.
—Sí, para mi desgracia
—¿Cómo te llamas? —dijo Pedro recobrando la calma
—Abigaíl —dijo  la voz  en   tono desolado.
—¿Por qué estás acá?
—Esta fue mi casa y lo será mientras alguien no me rescate de la oscuridad.
—No te entiendo —dijo Pedro y, por las dudas, apretó con la derecha la estrella de seis puntas.
—Yo era una joven muy hermosa —continuó diciendo la voz desde un lugar incierto de la sala—,  tanto que estaba enamorada de mi hermosura. Me sentía autosuficiente y orgullosa y eso me gustaba. No dejaba de contemplarme en el espejo y no hacía caso de los que pretendían cortejarme. Me negué siempre al amor, porque todos mis pretendientes me parecían poca cosa. No bien los conocía me sentía decepcionada porque no los veía dignos de mis excelsas cualidades. Nadie me parecía digno de mi amor.
—¿Cuándo viviste aquí? Esta casa está abandonada hace muchos años.
—Hace mucho, demasiado tiempo —dijo Abigaíl melancólicamente.
— ¿Cómo te convertiste en fantasma?
—Un día, bajando las escaleras mientras me miraba en un espejo de mano, pisé el ruedo del vestido y caí, quebrándome el cuello. Escapé de mi cuerpo, pero quedé atrapada en el mundo de las sombras. Desde entonces estoy aquí, siempre frente al espejo sin luz, condenada a  mirarme y esperando que alguien rompa el hechizo de la obsesión por mí misma y me rescate de este mundo de sombras. Pero nadie se anima a entrar a esta casa en noches de viento y luna que se oculta detrás de nubes negras. Sólo tú has tenido tamaña valentía.
—¿Cómo puedo romper el encantamiento? —preguntó Pedro mirando hacia el hueco de la puerta como para salir disparado.
—Sólo el amor de alguien puede hacerlo. Ven conmigo, abrázame y  quiéreme. Tu amor me liberará de la maldición que pesa sobre mí y podré seguir mi viaje.
—¿Cómo puedo  abrazar y querer  a un fantasma?  Pertenecemos a mundos distintos. Yo no puedo llegar hasta el  mundo  donde habitas —respondió Pedro.
—El amor rompe todas las barreras, dicen; lamentablemente para mí no logró romper la barrera de mí misma.
—Yo no puedo rescatarte de tu mundo; sólo Dios puede  —dijo Pedro con firmeza y levantó la estrella de seis puntas con la mano izquierda hacia donde sonaba la voz de Abigail.
— ¡No me dejes! —suplicó ella y salió a la luz tenue de la luna. Pedro la vio hermosa como nunca había visto a una mujer. Por un momento la deseó, pero apretó en la mano izquierda la pata de conejo y retrocedió hacia la puerta. Desde el umbral la miró. Abigaíl estaba parada en medio de la sala. Le pareció ver que lloraba. Sintió amor y compasión por ella y ya estaba dispuesto a volver sobre sus pasos cuando una nube escondió la luna y la sala quedó a oscuras. Al instante volvió la luz. Abigaíl ya no estaba.
—¿Abigaíl? — llamó Pedro con la esperanza de volver a verla para quererla y rescatarla de su mundo de sombras. La única respuesta fue el  ulular del viento y el batir de ventanas desvencijadas. En el piso donde la vio parada sólo había una rosa  deshaciéndose en sangre.
                                                                             Raúl Czejer

             Egoísmo, no. Amor a sí mismo, ¿tampoco?

                  El amor a sí mismo (según Erich Fromm)
                                  
                                                                                   Paul Tillich, en un comentario de The Sane Society, en Pastoral Psy-chology, setiembre 1955, sugirió que seria mejor abandonar el ambiguo término «amor a sí mismo» (autoamor, «self-love») y reemplazarlo por «autoafirmación natural», o «autoaceptación paradójica». Si bien comprendo yo los méritos de esa sugerencia, no puedo convenir con el autor al respecto. En el término «amor a sí mismo», el elemento paradójico en amor a si mismo está mucho más claramente contenido. Se expresa el hecho de que el amor es una actitud que es la misma hacia todos los objetos, incluyéndome a mí mismo. Tampoco debe olvidarse que ese término, en el sentido en que se lo usa aquí, tiene una historia. La Biblia habla de amor a sí mismo cuando ordena «ama a tu prójimo como a ti mismo», y Meister Eckhart habla de amor a sí mismo en el mismo sentido.


Si bien la aplicación del concepto del amor a diversos objetos no despierta objeciones, es creencia común que amar a los demás es una virtud, y amarse a si mismo un pecado. Se su pone que en la medida en que me amo a mí mismo, no amo a los demás, que amor a sí mismo es lo mismo que egoísmo. Tal punto de vista se remonta a los comienzos del pensamiento occidental. Calvino califica de «peste» el amor a sí mismo (Calvino, Institutes of the Christian Religion (versión inglesa de J. AIbau), Filadelfia, Presbyterian Board of Christian Education, 1928, cap. 7, parte 4, pág. 622. ). Freud habla del amor a sí mismo en términos psiquiátricos, pero no obstante, su juicio valorativo es similar al de Calvino. Para él, amor a si mismo se identifica con narcisismo, es decir, la vuelta de la libido hacia el propio ser. El narcisismo constituye la primera etapa del desarrollo humano, y la persona que en la vida adulta regresa a su etapa narcisista, es incapaz de amar; en los casos extremos, es insano. Freud sostiene que el amor es una manifestación de la libido, y que ésta puede dirigirse hacia los demás -amor- o hacia uno -amor a sí mismo-. Amor y amor a sí mismo, entonces, se excluyen mutuamente en el sentido de que cuanto mayor es uno, menor es el otro. Si el amor a sí mismo es malo, se sigue que la generosidad es virtuosa. Surgen los problemas siguientes: ¿La observación psicológica sustenta la tesis de que hay una contradicción básica entre el amor a sí mismo y el amor a los demás? ¿Es el amor a sí mismo un fenómeno similar al egoísmo, o son opuestos? Y ¿es el egoísmo del hombre moderno realmente una preocupación por sí mismo como individuo, con todas sus potencialidades intelectuales, emocionales y sensuales? ¿No se ha convertido «él» en un apéndice de su papel económico-social? ¿Es su egoísmo idéntico al amor a sí mismo, o es la causa de la falta de este último?
Antes de comenzar el examen del aspecto psicológico del egoísmo y del amor a sí mismo, debemos destacar la falacia lógica que implica la noción de que el amor a los demás y el amor a uno mismo se excluyen recíprocamente. Si es una virtud amar al prójimo como a uno mismo, debe serlo también -y no un vicio- que me ame a mí mismo, puesto que también yo soy un ser humano. No hay ningún concepto del hombre en el que yo no esté incluido. Una doctrina que proclama tal exclusión demuestra ser intrínsecamente contradictoria. La idea expresada en el bíblico «Ama a tu prójimo como a ti mismo», implica que el respeto por la propia integridad y unicidad, el amor y la comprensión del propio sí mismo, no pueden separarse del respeto, el amor y la comprensión del otro individuo. El amor a sí mismo está inseparablemente ligado al amor a cualquier otro ser. Hemos llegado ahora a las premisas psicológicas básicas que fundamentan las conclusiones de nuestro argumento. En términos generales, dichas premisas son las siguientes: no sólo los demás, sino nosotros mismos, somos «objeto» de nuestros sentimientos y actitudes; las actitudes para con los demás y para con nosotros mismos, lejos de ser contradictorias, son básicamente conjuntivas. En lo que toca al problema que examinamos, eso significa: el amor a los demás y el amor a nosotros mismos no son alternativas. Por el contrario, en todo individuo capaz de amar a los demás se encontrará una actitud de amor a sí mismo. El amor, en principio, es indivisible en lo que atañe a la conexión entre los «objetos» y el propio ser. El amor genuino constituye una expresión de la productividad, y entraña cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento. No es un «afecto» en el sentido de que alguien nos afecte, sino un esforzarse activo arraigado en la propia capacidad de amar y que tiende al crecimiento y la felicidad de la persona amada.
Amar a alguien es la realización y concentración del poder de amar. La afirmación básica contenida en el amor se dirige hacia la persona amada como una encarnación de las cualidades esencialmente humanas. Amar a una persona implica amar al hombre como tal. El tipo de «división del trabajo», como lo llamó William James, que consiste en amar a la propia familia pero ser indiferente al «extraño», es un signo de una incapacidad básica de amar. El amor al hombre no es, como a menudo se supone, una abstracción que sigue al amor a una persona específica, sino que constituye su premisa, aunque genéticamente se adquiera al amar a individuos específicos. De ello se deduce que mi propia persona debe ser un objeto de mi amor al igual que lo es otra persona. La afirmación de la vida, felicidad, crecimiento y libertad propios, está arraigada en la propia capacidad de amar, esto es, en el cuidado, el respeto, la responsabilidad y el conocimiento. Si un individuo es capaz de amar productivamente, también se ama a sí mismo; si sólo ama a los demás, no puede amar en absoluto.
Dando por establecido que el amor a sí mismo y a los demás es conjuntivo, ¿cómo explicamos el egoísmo, que excluye evidentemente toda genuina preocupación por los demás? La persona egoísta sólo se interesa por sí misma, desea todo para sí misma, no siente placer en dar, sino únicamente en tomar. Considera el mundo exterior sólo desde el punto de vista de lo que puede obtener de él; carece de interés en las necesidades ajenas y de respeto por la dignidad e integridad de los demás. No ve más que a sí misma; juzga a todos según su utilidad; es básicamente incapaz de amar. ¿No prueba eso que la preocupación por los demás y por uno mismo son alternativas inevitables? Sería así si el egoísmo y el autoamor fueran idénticos. Pero tal suposición es precisamente la falacia que ha llevado a tantas conclusiones erróneas con respecto a nuestros problemas. El egoísmo y el amor a sí mismo, lejos de ser idénticos, son realmente opuestos. El individuo egoísta no se ama demasiado, sino muy poco; en realidad, se odia. Tal falta de cariño y cuidado por sí mismo, que no es sino la expresión de su falta de productividad, lo deja vacío y frustrado. Se siente necesariamente infeliz y ansiosamente preocupado por arrancar a la vida las satisfacciones que él se impide obtener. Parece preocuparse demasiado por sí mismo, pero, en realidad, sólo realiza un fracasado intento de disimular y compensar su incapacidad de cuidar de su verdadero ser. Freud sostiene que el egoísta es narcisista, como si negara su amor a los demás y lo dirigiera hacia sí. Es verdad que las personas egoístas son incapaces de amar a los demás, pero tampoco pueden amarse a sí mismas.
Es más fácil comprender el egoísmo comparándolo con la ávida preocupación por los demás, como la que encontramos, por ejemplo, en una madre sobreprotectora. Si bien ella cree conscientemente que es en extremo cariñosa con su hijo, en realidad tiene una hostilidad hondamente reprimida contra el objeto de sus preocupaciones. Sus cuidados exagerados no obedecen a un amor excesivo al niño, sino a que debe compensar su total incapacidad de amarlo.
Esta teoría de la naturaleza del egoísmo surge de la experiencia psicoanalítica con la «generosidad» neurótica, un síntoma de neurosis observado en no pocas personas, que habitualmente no están perturbadas por ese síntoma, sino por otros relacionados con él, como depresión, fatiga, incapacidad de trabajar, fracaso en las relaciones amorosas, etc. No sólo ocurre que no consideran esa generosidad como un «síntoma»; frecuentemente es el único rasgo caracterológico redentor del que esas personas se enorgullecen. La persona «generosa» «no quiere nada para sí misma»; «sólo vive para los demás», está orgullosa de no considerarse importante. Le intriga descubrir que, a pesar de su generosidad, no es feliz, y que sus relaciones con los más íntimos allegados son insatisfactorias. La labor analítica demuestra que esa generosidad no es algo aparte de los otros síntomas, sino uno de ellos -de hecho, muchas veces es el más importante-; que la capacidad de amar o de disfrutar de esa persona está paralizada; que está llena de hostilidad hacia la vida y que, detrás de la fachada de generosidad, se oculta un intenso egocentrismo, sutil, pero no por ello menos intenso. Esa persona sólo puede curarse si también su generosidad se interpreta como un síntoma junto con los demás, de modo que su falta de productividad, que está en la raíz de su generosidad y de las otras perturbaciones, pueda corregirse.
La naturaleza de esa generosidad se torna particularmente evidente en su efecto sobre los demás y, con mucha frecuencia en nuestra cultura, en el efecto que la madre «generosa» ejerce sobre sus hijos. Ella cree que, a través de su generosidad, sus hijos experimentarán lo que significa ser amado y aprenderán, a su vez, a amar. Sin embargo, el efecto de su generosidad no corresponde en absoluto a sus expectaciones. Los niños no demuestran la felicidad de personas convencidas de que se los ama; están angustiados, tensos, temerosos de la desaprobación de la madre y ansiosos de responder a sus expectativas. Habitualmente, se sienten afectados por la oculta hostilidad de la madre contra la vida, que sienten, pero sin percibirla con claridad, y, eventualmente, se empapan de ella. En conjunto, el efecto producido por la madre «generosa» no es demasiado diferente del que ejerce la madre egoísta, y aun puede resultar más nefasto, puesto que la generosidad de la madre impide que los niños la critiquen. Se los coloca bajo la obligación de no desilusionarla; se les enseña, bajo la máscara de la virtud, a no gustar de la vida. Si se tiene la oportunidad de estudiar el efecto producido por una madre con genuino amor a sí misma, se ve que no hay nada que lleve más a un niño a la experiencia de lo que son la felicidad, el amor y la alegría, que el amor de una madre que se ama a sí misma.
Meister Eckhart ha sintetizado magníficamente estas ideas: «Si te amas a ti mismo, amas a todos los demás como a ti mismo. Mientras ames a otra persona menos que a ti mismo, no lograrás realmente amarte, pero si amas a todos por igual, incluyéndote a ti, los amarás como una sola persona y esa persona es a la vez Dios y el hombre. Así, pues, es una persona grande y virtuosa la que amándose a sí misma, ama igualmente a todos los demás» (Meister Eckhart (versión inglesa de R. B. Blaknev). Nueva York, Harper and Brothers, 1941, pág. 204.) -
                                                         Erich Fromm: El arte de amar 

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