jueves, 3 de noviembre de 2011

No es problema mío

                                                     El desafío

 Como si se hubiera corrido el telón de un escenario, la puerta del único cafetín del barrio se abrió con un chirrido de bisagras herrumbradas. Ante la mirada de los pocos habitués que se entretenían en arreglar el mundo y jugar al truco, hicieron su aparición en la escena dos hombres jóvenes, quienes cruzaron el salón sin saludar a nadie. Pantalón exageradamente grande, remera y el infaltable gorrito denunciaban a jóvenes a la usanza actual, que podían pertenecer a cualquier clase social. Uno, alto y flaco, semejante a un quijote, caminaba cabeza gacha como inspeccionando el piso. Su compañero, petiso y retacón, marchaba sacando pecho y mirando hacia algún punto del cielorraso. Encabezaba la procesión con aire despreciativo hacia todos los presentes, que lo miraban con indiferencia, como si ya estuvieran acostumbrados a verlo en ese lugar.  Se sentaron junto a la ventana que da a la calle lateral,  para tener a la vista lo que sucedía en la plaza contigua.

—¿Qué tomás? —preguntó el gordo
—Lo que vos quieras. Me da lo mismo —contestó el flaco.
—¡Mozo! Dos cortados —ordenó a voz en cuello el gordo.
—No. Mejor café solo para mí.
__¿En qué quedamos?
—Es que la leche me cae pesada —se excusó el flaco.
—Mejor me callo. ¡Mozo! Que sean un cortado y un café.
—Macanudo —contestó el mozo con resignación.
—¿Te parece, che? —preguntó con aire dubitativo el flaco
—¿Y por qué no? Tenemos que reaccionar, porque de lo contrario nos van a pasar por arriba.
—Sí, pero hay que ser prudentes. No podemos actuar a tontas y a locas
—Bueno, es verdad, pero también hay que tener coraje.
—¿Y si sale gente lastimada?
—No te hagás problema, macho, lo tengo todo calculado.
—No sé, no sé…la verdad es que me parece peligroso.
—Confiá en mí. ¿Acaso alguna vez te fallé?
—No, no, pero sinceramente…
—¡Vamos, che, no te me vas a achicar ahora!
—Bueno, si vos decís que no habrá problema…
—Mirá, los muchachos ya lo tienen todo preparado. Cuando llegue el momento, ponemos lo que hay que poner y le metemos fierro a fondo
—¡Che, no van a hacer despelote! Mirá que a aquéllos se les puede ir la mano.
—Vos fumá. No va a pasar nada. ¡Ya vas a ver cómo los corremos hasta abajo de la cama! Les vamos a dar leña como para que tengan por mucho tiempo.
—¡Ojo, que los otros no son mancos!
—Nosotros tenemos que confiar en nuestras condiciones para este desafío. Dicen que la falta de confianza en sí mismo es el primer paso hacia la derrota.
—Lo mismo deben pensar los otros
—Justamente por eso hay que dar la batalla y ahí se verá quién es el mejor.
—¿Estás seguro de que los muchachos están bien entrenados? Mirá que a veces son medio chantas
—Me aseguraron que estuvieron practicando duro y parejo todas las tácticas que yo les enseñé.
—¿Y si las cosas  empiezan a ponerse feas? ¿Qué tácticas prepararon?
—Replegarse y reorganizarse para volver a la carga. Como hacen los generales en el campo de batalla.
—Sí, pero nosotros no somos generales. Si ni siquiera hicimos la colimba.
—No importa. Lo aprendimos en las películas de guerra
—En el último encontronazo salí todo magullado y tuve que aguantarme los reproches de mi mujer —se quejó el flaco
—Las mujeres no entienden —contestó el gordo con aire de entendido—.Vos decile que te atropelló un colectivo.
—¿Vos te pensás que es una gilandruna? No, si ve bajo el agua y me caza las mentiras al vuelo.
—Bueno, bancate el rezongo hasta que se le pase la bronca.
—Che, ¿y la yuta?
—Lo tenemos todo arreglado. Van a mirar para otro lado.
—Bueno, tal vez…¿A qué hora hay que estar ahí?
—A las seis nos reunimos en la plaza.
—Espero que no terminemos en el hospital. ¡Mi mujer me mata!
—No seas cagón. Te espero. Chau. Pagá la consumición. ¡Hasta la victoria, siempre!
—Si vos lo decís…Chau. Nos vemos.

El flaco quedó pensativo, con los codos apoyados sobre la mesa. El mozo, hombre ya entrado en años y conocedor de la fauna que frecuentaba el bar, se  acercó a la mesa  para retirar la vajilla y cobrar lo consumido.
—Perdoná que me meta —le dijo con aire distraído.
—¿?
—Mientras andaba de mesa en mesa escuché algo de lo que conversaban. ¿Me dejás que te dé un consejo, pibe?
—Déle nomás, don Antonio.
—No le sigás la corriente al gordo. Es un enloquecido y un violento. Vos sos un buen pibe y tenés familia. No podés arriesgar todo por un estúpido desafío de gallitos de riña.
—Lo tendré en cuenta. Gracias, don Antonio.

Las seis de la tarde llegó después de las cinco, como todos los días.
—Voy a la placita a juntarme con los muchachos —dijo el flaco a su mujer.
—¿A qué vas a la plaza? —pregunto ella
—Nada. Vamos a jugar a la pelota —contestó y se apresuró a salir para no oír los rezongos acostumbrados.
—Acordate que a las seis sale el nene del colegio. Andá a buscarlo para que no venga solo —le gritó la mujer, pero él no alcanzó a escucharla.

En el centro de la plaza hay un nene tendido en la vereda, con la cabeza partida por un botellazo y el guardapolvo blanco manchado de sangre. A las seis de la tarde había salido de la escuela y volvía solo a su casa. No vio venir la botella que arrojó un petiso retacón. Ese día su papá se olvidó de ir a buscarlo, o tal vez tenía algo más importante que hacer.

                                                                                                                   Raúl Czejer


Hacerse cargo de los problemas que afectan a la comunidad es una forma de la solidaridad social.  Lo contrario es lavarse las manos y actuar egoístamente.

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