Una invitación a ver la vida con optimismo, responsabilidad y sentido trascendente -comoquiera se entienda esta palabra- a la vista de la realidad cotidiana:verdad y falsedad, justicia y opresión, encuentro y desencuentro.
viernes, 20 de julio de 2012
Amigo
Para ti, amigo del alma, que tienes la amabilidad de leerme dándole sentido a las palabras, esta hermosa canción de Alberto Cortez.
En el Día del Amigo: Paz y bien para ti y para todos los que amas.
Raúl Czejer
viernes, 15 de junio de 2012
El árbol del bien y del mal
En cierto barrio, vivían dos vecinos cuyos predios eran colindantes. Se respetaban mutuamente, pero no eran amigos. Ambos evitaban causar cualquier inconveniente al otro: ruidos molestos, pelotazos en la pared medianera, ladridos de perros en horas de descanso... Eran un ejemplo de convivencia civilizada.
Uno se llamaba Pedro. Buen tipo, pero desconfiado y pesimista. Astuto para los negocios, se había hecho una buena posición. El otro, Juan, era bonachón y amigo de todo el mundo. Ingenuo, más bien crédulo, era frecuentemente engañado por los pícaros que nunca faltan. Fácil es entender por qué su posición económica era más bien modesta.
Se saludaban respetuosamente cada vez que se encontraban.
—Bien, gracias. ¿La familia?
—Todos bien, por el momento. Nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre —concluía Pedro.
Cierto día en el deslinde de ambos terrenos surgió un raro arbolito, de una especie desconocida. Intrigados los vecinos consultaron a un botánico que vivía en las inmediaciones.
—Mefisto, para servirles —se presentó el botánico, escondido tras unos enormes anteojos oscuros.
Los vecinos le expusieron su problema. El científico, después de leer una biblioteca entera de grandes libros sobre todo tipo de árboles, sentenció:
—Se trata de un retoño del árbol perdido de la ciencia del bien y del mal. Quien coma sus frutos será tan sabio que, comparados con él, Sócrates y Salomón parecerán ignorantes. Será famoso más que cualquier famoso y si lo desea podrá hacerse inmensamente rico, porque todos acudirán a él a pedirle consejo. Podrá ser como un coaching de multitudes.
— ¡Tendré mucho dinero y seré poderoso!—exclamó Pedro.
— ¡Tendré muchos amigos y seré feliz! —exclamó Juan.
—Pero hay un pequeño inconveniente —dijo el botánico—. Sólo su dueño puede comer sus frutos.
—El dueño soy yo —dijo Pedro con firmeza y amenazando a Juan con la mirada—. El árbol está en mi terreno.
—Un momento, vecino. También está en el mío—contestó Juan enfrentando la mirada de Pedro—. Así que yo soy el dueño y no hay más discusión.
—Cesent lites —terció el botánico apelando al latín de sus años de universitario—.No hace falta que se peleen. Ya que el árbol está en el deslinde de ambos predios, ambos son los dueños.
—Puede ser, pero si ambos somos los dueños, ambos tenemos derecho a la misma cantidad de frutos. Ahí veo un problema —dijo Pedro, insinuando cierta desconfianza hacia la honestidad de Juan.
—No me gustan sus palabras, vecino. Usted sabe que nunca le he faltado en nada —replicó Juan.
—Un momento, resolvámoslo civilizadamente. Les propongo un pacto de caballeros: El árbol da frutos del bien y frutos del mal. Los rojos son del bien y los verdes del mal —terció el botánico—. Elija cada uno qué fruto prefiere comer y así no habrá disputa sobre quién come más y quién menos.
—Me parece justo —dijeron a dúo los vecinos.
—Pues bien, ¿qué eligen?
—¿Cuál es el más conveniente para saber manejarse con los sinverguenzas? —preguntó Pedro.
—¿Cuál es el más provechoso para disfrutar de las cosas bonitas de la vida? —preguntó Juan.
—No tengo la menor idea —contestó el botánico. Tendrán que arriesgar.
—Yo elijo los frutos de la ciencia del mal. Creo que así nada ni nadie me podrá engañar y podré precaverme de las ilusiones y de los manejos de perversos, hipócritas y estafadores —dijo Pedro.
—Yo elijo los frutos de la ciencia del bien. Tal vez así podré ver el rostro amable de todas las cosas y ser feliz —dijo a su vez Juan.
—Muy bien —sentenció el botánico—. Sólo falta que me paguen los honorarios y… ¡arrivederci Roma! Son quinientos patacones —concluyó, sin ponerse colorado. Cobró, recogió sus bagayos y se marchó.
Cuando el árbol comenzó a dar frutos los dos se apresuraron a comer los que habían elegido. Estaban ansiosos de saber vivir y sacar provecho de esa sabiduría. No sabían que bajo la hierba se ocultaba la serpiente.
Comió Pedro los frutos de la ciencia del mal y desde entonces sus ojos no pudieron ya ver nada bueno en el mundo ni nada que tuviera algún valor. Sólo supo ver las malas intenciones que esconden las personas, los artificios de los malhechores, la perversidad, la malicia, la hipocresía, la estafa, la traición y el mal esencial que corroe todas las cosas conduciéndolas hacia la nada…
Juan comió los frutos de la ciencia del bien y desde entonces se le abrieron los ojos y pudo ver la maravilla del mundo y de la vida, pero ya no supo ver nada malo ni cosa que sea despreciable. Apreciaba a todos y no desconfiaba de nadie. Era incapaz de ver la maldad ni la mala intención. Creía de buena fe los relatos de los ideólogos y charlatanes de cualquier calaña.
Abandonando por inútiles todas las prevenciones, seguros, rejas y llaves, dejó abiertas día y noche las puertas de su casa y de su alma.
Reputó como beneficio las canalladas que los demás perpetraron contra él aprovechándose de su candidez. Fue despojado de todas sus cosas y quedó en la indigencia, a la que bendecía como la mejor de las condiciones. “Está todo bien”, balbuceaba como en una letanía.
Muertos los dos vecinos las casas quedaron abandonadas. El árbol seguía dando sus frutos pero ya nadie se atrevía a comerlos, visto lo que había sucedido.
Raúl Czejer
Bien y mal están mezclados en el mundo. Imposible separarlos. El ser humano ha de tener conciencia de ambos: Sin la conciencia del mal las atrocidades nos parecerían maravillas, como al público de las corridas de toros le parecen maravillosos el sufrimiento y la muerte de un animal indefenso. Sin la conciencia del bien, la vida sería sencillamente un infierno y cabría que al nacer nos dijeran "lasciate ogni speranza voi ch' entrate".
La música de Ennio Morricone es una de esas cosas que embellecen la vida. Te invito a escucharla.
Se saludaban respetuosamente cada vez que se encontraban.
—Buen día, Pedro. ¿Cómo está usted? —decía Juan quitándose gorra.
—No sé qué le ve de bueno, pero si usted lo dice...Estoy bien. Gracias. ¿Y usted?—Bien, gracias. ¿La familia?
—Todos bien, por el momento. Nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre —concluía Pedro.
Cierto día en el deslinde de ambos terrenos surgió un raro arbolito, de una especie desconocida. Intrigados los vecinos consultaron a un botánico que vivía en las inmediaciones.
—Mefisto, para servirles —se presentó el botánico, escondido tras unos enormes anteojos oscuros.
Los vecinos le expusieron su problema. El científico, después de leer una biblioteca entera de grandes libros sobre todo tipo de árboles, sentenció:
—Se trata de un retoño del árbol perdido de la ciencia del bien y del mal. Quien coma sus frutos será tan sabio que, comparados con él, Sócrates y Salomón parecerán ignorantes. Será famoso más que cualquier famoso y si lo desea podrá hacerse inmensamente rico, porque todos acudirán a él a pedirle consejo. Podrá ser como un coaching de multitudes.
— ¡Tendré mucho dinero y seré poderoso!—exclamó Pedro.
— ¡Tendré muchos amigos y seré feliz! —exclamó Juan.
—Pero hay un pequeño inconveniente —dijo el botánico—. Sólo su dueño puede comer sus frutos.
—El dueño soy yo —dijo Pedro con firmeza y amenazando a Juan con la mirada—. El árbol está en mi terreno.
—Un momento, vecino. También está en el mío—contestó Juan enfrentando la mirada de Pedro—. Así que yo soy el dueño y no hay más discusión.
—Cesent lites —terció el botánico apelando al latín de sus años de universitario—.No hace falta que se peleen. Ya que el árbol está en el deslinde de ambos predios, ambos son los dueños.
—Puede ser, pero si ambos somos los dueños, ambos tenemos derecho a la misma cantidad de frutos. Ahí veo un problema —dijo Pedro, insinuando cierta desconfianza hacia la honestidad de Juan.
—No me gustan sus palabras, vecino. Usted sabe que nunca le he faltado en nada —replicó Juan.
—Un momento, resolvámoslo civilizadamente. Les propongo un pacto de caballeros: El árbol da frutos del bien y frutos del mal. Los rojos son del bien y los verdes del mal —terció el botánico—. Elija cada uno qué fruto prefiere comer y así no habrá disputa sobre quién come más y quién menos.
—Me parece justo —dijeron a dúo los vecinos.
—Pues bien, ¿qué eligen?
—¿Cuál es el más conveniente para saber manejarse con los sinverguenzas? —preguntó Pedro.
—¿Cuál es el más provechoso para disfrutar de las cosas bonitas de la vida? —preguntó Juan.
—No tengo la menor idea —contestó el botánico. Tendrán que arriesgar.
—Yo elijo los frutos de la ciencia del mal. Creo que así nada ni nadie me podrá engañar y podré precaverme de las ilusiones y de los manejos de perversos, hipócritas y estafadores —dijo Pedro.
—Yo elijo los frutos de la ciencia del bien. Tal vez así podré ver el rostro amable de todas las cosas y ser feliz —dijo a su vez Juan.
—Muy bien —sentenció el botánico—. Sólo falta que me paguen los honorarios y… ¡arrivederci Roma! Son quinientos patacones —concluyó, sin ponerse colorado. Cobró, recogió sus bagayos y se marchó.
Cuando el árbol comenzó a dar frutos los dos se apresuraron a comer los que habían elegido. Estaban ansiosos de saber vivir y sacar provecho de esa sabiduría. No sabían que bajo la hierba se ocultaba la serpiente.
Se volvió desconfiado hasta de su sombra, crítico a ultranza, malicioso, cínico, misántropo y nihilista. Hizo de la sospecha su filosofía. Lo ganó el pesimismo y la desesperanza. Consideraba todo idealismo como iluso o hipócrita y sólo veía el lado oscuro de las cosas. Creyendo que el bien era una fantasía se olvidó de los sueños de redención. El pasado se le antojó una acumulación de ruina sobres ruinas y el futuro un presagio de infortunios.
Se alejó de la gente y se arrinconó en su casa, evitando todo contacto con los vecinos por temor de que lo engañaran. “Son como lobos prontos a devorarme”, “El infierno son los otros”, decía.
Se dedicó a pintar cuadros que expresaban el horror en que vivía, rodeándose de defensas y prevenciones contra el mundo donde sólo veía hostilidad, ambición y rapiña.
Murió de espanto y asco, maldiciendo haber nacido y considerando a la muerte como el final más acorde con la perversidad de la vida.
Los vecinos lo tomaban para la chacota y se referían a él como “el otario” o “el paparulo”, pero él no lo tomaba a mal y se reía feliz de ser causa de diversión de los demás.
Cándido como un chiquillo creyó que el mundo era el mejor mundo posible y que no necesitaba ser cambiado. Así abandonó por innecesarias las causas por un mundo mejor que defendió en su juventud. Se dejó hirsutos todos los pelos de su cabeza, se vistió con una túnica y se lanzó a predicar un nuevo evangelio: “No lamentes el pasado porque fue lo mejor que te pudo ocurrir ni te preocupes por lo porvenir porque necesariamente todo será mejor para ti. Ama las cosas como son, porque así como son, son lo mejor”, decía. Los chocarreros del barrio se burlaban de él. "Loco, chiflado...", le gritaban, y otras lindezas que mejor no repetir.
Murió de hambre y de frío, celebrando el dolor y la muerte como el cierre triunfal de una vida maravillosa.
Un día reapareció el botánico, pala en mano. Prolijamente desarraigó el árbol del suelo, lo cargó en un carro y desapareció.
—Insensatos — dicen los vecinos que comentó—.Pudieron ser los hombres más sabios del mundo, pero eran egoístas, no supieron compartir y cayeron en la trampa de poseer que yo les preparé. Voy a buscar a otros dos. Tal vez algún día encuentre a dos hombres sensatos que sepan aprovechar los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal y me ganen la partida.
Gracias por tu amable atención
viernes, 25 de mayo de 2012
El lado oscuro de la cultura
Mi pequeño raulí
Viajando por el sur de Chile se me dio por comprar un plantín de raulí que apenas sobresalía de los bordes de la macetita de plástico. “Voy a plantarlo en el jardín de mi casa, para que me dé sombra en verano y flores en primavera”, me dije ilusionado.
Deseoso de brindarle el mejor de los cuidados estudié todas las características de la especie en un gran manual sobre árboles del bosque subantártico. Con gran sorpresa me enteré de que el arbolito que había plantado en el centro de mi primoroso jardín francés iba a alcanzar con los años cuarenta metros de altura y su tronco, hasta dos metros de diámetro. “Demonios —exclamé—, voy a tener que hacer algo, si no este monstruo me va dejar sin jardín y los vecinos van a protestar por temor de que un viento lo derribe sobre sus casas”
Compré un manual que decía en su tapa: “Cómo domesticar árboles salvajes”, y me propuse educar a mi raulí para que aprendiera a vivir entre la gente. Lo trasplanté a una maceta reducida y lo podé y le recorté las raíces una y otra vez. Poca agua, poca tierra, poco espacio, poca libertad eran mi política para con él. Lo ahogué y lo oprimí por todas partes. Así lo fui educando a fin de que respetara los justos límites que admite la convivencia, según yo lo entendía.
Logré un curioso raulí, enano, bien formadito y a tono con mi jardín francés, que florecía en primavera unas flores minúsculas de un verde desvaído y en mayo unos frutitos miserables color amarillento, y que no servía para que los pájaros cantaran en sus ramas.
Yo lo contemplaba —no sé si orgulloso o avergonzado de mi obra—, pequeño y humillado, luciendo sus hojitas lanceoladas sobre la mesita ratona del living, y reflexionaba sobre el costado perverso de la cultura, que impone su poder a la naturaleza indefensa, para reducir su proyecto de grandeza a la medida de los proyectos humanos, minúsculos y miserables como los frutos de mi raulí.
Raúl Czejer
Te invito a que leas los párrafos que siguen. Están extractados de un ensayo de Ignacio López-Vicuña publicado en la Revista Chilena de Literatura en noviembre 2009 . Mi agradecimiento al autor y a la revista.
López Vicuña analiza, en dos novelas del escritor chileno Roberto Bolaño, cómo se entremezclan en la cultura las dimensiones de barbarismo y civilización.
Para reflexionar sobre manifestaciones culturales actuales, impulsadas por todos los medios y sin mayores análisis, como "avances en humanidad", sin advertir la barbarie que implican.
López Vicuña analiza, en dos novelas del escritor chileno Roberto Bolaño, cómo se entremezclan en la cultura las dimensiones de barbarismo y civilización.
Para reflexionar sobre manifestaciones culturales actuales, impulsadas por todos los medios y sin mayores análisis, como "avances en humanidad", sin advertir la barbarie que implican.
MALESTAR EN LA LITERATURA: ESCRITURA Y BARBARIE EN ESTRELLA DISTANTE Y NOCTURNO DE CHILE DE ROBERTO BOLAÑO
'No existe un documento de la cultura que no lo sea a la vez de la barbarie'.
Walter Benjamin.
Walter Benjamin.
"Así se hace la gran literatura en Occidente ".
Roberto Bolaño.
Roberto Bolaño.
En la novela 2666, el personaje de Amalfitano, poniendo en práctica una idea de Duchamp, cuelga el Testamento geométrico de Rafael Dieste de un cordel para la ropa en el patio de su casa en Santa Teresa, dejando que el viento hojee el libro para ver cómo éste resiste al entorno. La idea es "dejar un libro de geometría colgado a la intemperie para ver si aprende cuatro cosas de la vida real" (251). Amalfitano explica que "lo he colgado ... para ver cómo resiste la intemperie, los embates de esta naturaleza desértica" (246). La imagen de un libro de geometría colgado de un tendero de ropa en Santa Teresa -imagen de Ciudad Juárez- emblematiza la tensión (y yuxtaposición) en las obras de Roberto Bolaño entre el intelecto y la vida salvaje, o entre las dimensiones civilizadas y bárbaras de la cultura. La imagen también evoca a Borges, en particular el relato "La muerte y la brújula", donde el análisis geométrico de la ciudad se conjuga con la violencia del crimen (Borges, Obras completas I, 499-507).
Es posible leer novelas como Los detectives salvajes, 2666, Estrella distante y Nocturno de Chile, como textos que hacen un viaje de la civilización a la barbarie. Todo comienza con talleres literarios y poesía, y termina con asesinatos, tortura y violencia, ya sea en el desierto del norte de México o en los bosques del sur de Chile. En Bolaño, la literatura misma adquiere una dimensión salvaje, o más bien funciona como zona de mediación o límite entre los impulsos más refinados y la pulsión bárbara de los personajes, ya sea en el caso de los practicantes de la "escritura bárbara" con resonancias neofascistas en Estrella distante, o en el caso de los poetas "real visceralistas" en Los detectives salvajes, quienes buscan hacer de la poesía una forma de comunión con la vida real1.
Estos indicios en la obra de Bolaño sugieren una afinidad con Borges, para quien el hombre -podríamos decir, parafraseando a Nietzsche- es una cuerda tendida entre el libro y la barbarie2. La distinción entre civilización y barbarie, instrumental para los proyectos civilizadores (y genocidas) del siglo XIX en América Latina, y todavía central dentro de las ideologías liberales y humanistas de nuestra época, constituye la base de un núcleo compartido por ideologías -tanto de derecha o de izquierda- que ven la literatura y la cultura letrada como instrumentos de progreso, civilización y humanización. Es precisamente a desmontar esta ideología que apuntan los textos de Bolaño, a quien le interesa utilizar la escritura para llevar al lector a un lugar incómodo donde se indistinguen civilización y barbarie, creación artística y violencia, salvación y condena. En este sentido a Bolaño, al igual que a Borges, le preocupa lo que podríamos llamar el reverso salvaje -o el doble siniestro- de la escritura.
Esta visión anti-humanista de la literatura comparte elementos significativos con la tradición literaria francesa, en especial con "poetas malditos" como Baudelaire y Rimbaud.3 En tales autores la poesía no puede humanizarnos pero sí puede forzarnos a mirar el lado oscuro o demoníaco de nuestra cultura, llevándonos a reconocer nuestra hipócrita complicidad, tal como lo sugiere el verso de Baudelaire: "hipócrita lector, mi semejante, mi hermano"4. El proyecto narrativo de Bolaño comparte este impulso de forzar al lector a reconocerse como "hipócrita" o -como dice en Nocturno de Chile- a "quitarse la peluca". Si bien para Bolaño la literatura no es una fuerza civilizadora, sí puede ser un testimonio del profundo malestar en nuestra civilización. Tal como lo señala el autor en una entrevista, la escritura significa "saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura es básicamente un oficio peligroso" (Herralde 101).
(…)
En un mundo donde se han borrado de manera tan evidente las fronteras entre civilización y barbarie, la pregunta por la cultura, y específicamente por la literatura, se vuelve urgente. La idea de Benjamín de que "No existe un documento de la cultura que no lo sea a la vez de la barbarie" (Benjamín 52) resuena fuertemente en estos textos. Para Bolaño, como para Benjamín, la barbarie puede ser representada por el fascismo; pero para ambos, el fascismo no es simplemente una forma política, sino una tendencia más profunda que atraviesa la civilización occidental moderna. Lo que los textos de Bolaño muestran es el ascenso de un fascismo ubicuo, insidioso, que permea la vida cotidiana, las relaciones sociales y la cultura.
En "Sobre el concepto de historia", Benjamin propone que el fascismo no es una "norma histórica", y por lo tanto no puede ser "superado" simplemente mediante el "progreso": "El asombro porque las cosas que vivimos sean 'todavía' posibles en el siglo veinte no es ningún [asombro] filosófico" (53). A nosotros nos cabe preguntarnos si es una actitud filosófica asombrarse de que 'tales cosas' hayan ocurrido en Chile recientemente. Todo lo que sucedió, parece indicar Bolaño, sucedió para dar origen a la nueva sociedad: la que vivimos hoy. En este contexto, la apuesta de Bolaño es mirar de frente el horror, la dimensión siniestra de la vida cotidiana, y "saber meter la cabeza en lo oscuro", desarrollando una escritura que expresa el profundo malestar de nuestra época.
Para leer, si gustas, el ensayo completo, aquí va su ubicación.
LOPEZ-VICUNA, Ignacio. MALESTAR EN LA LITERATURA: ESCRITURA Y BARBARIE EN ESTRELLA DISTANTE Y NOCTURNO DE CHILE DE ROBERTO BOLAÑO. Rev. chil. lit. [online]. 2009, n.75 [citado 2012-05-25], pp. 199-215 . Disponible en: <http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-22952009000200010&lng=es&nrm=iso>. ISSN 0718-2295. doi: 10.4067/S0718-22952009000200010.
Para leer, si gustas, el ensayo completo, aquí va su ubicación.
LOPEZ-VICUNA, Ignacio. MALESTAR EN LA LITERATURA: ESCRITURA Y BARBARIE EN ESTRELLA DISTANTE Y NOCTURNO DE CHILE DE ROBERTO BOLAÑO. Rev. chil. lit. [online]. 2009, n.75 [citado 2012-05-25], pp. 199-215 . Disponible en: <http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-22952009000200010&lng=es&nrm=iso>. ISSN 0718-2295. doi: 10.4067/S0718-22952009000200010.
Gracias por tu amable atención.
martes, 22 de mayo de 2012
La voz del silencio
LAMGEN
Aquellos ojos del color del color, a una
altura azul,
cunden copihues, humo de agua,
con tanto encanto blanco en el espíritu.
¿Había viento a aquellas horas o
eran abejas borrachas
trayendo miel y sangre
al panal de mi cráneo?
Porque el agua es hermosa
y el cielo es hermoso
y ambos son buenos amigos -dijo-
Porque la luz es la cruz de la estrella
y mis pechos la cruz de la luz...
Porque en silencio sabemos lo que somos,
a una altura azul:
el águila y el cisne,
el venado y el puma,
montañas de carne y hueso,
cementerio de la eternidad.
Jaime Huenún. (Chile)
“Porque en silencio sabemos lo que somos”, me dijo Jaime cierto día . Deduje entonces que en el ruido aprendemos lo que no somos, y me propuse entonces ignorar lo que el ruido me enseñó.
Borré de mi mente la montaña de palabras que escuchara en tantas charlas con amigos, o en las radios, o en las canciones de los músicos de turno. Y olvidé el tronar de las máquinas, y el rugir de los motores, y los sonidos del bosque, y el rumor del agua en el arroyo.
Después de mucho esfuerzo pude desprenderme del ruido del mundo y quedarme con la mente en blanco para escuchar la voz del silencio y llegar a saber lo que soy en realidad.
El silencio nada dijo.
Concluí entonces que soy un misterio para mí, que no se puede expresar con palabras y que ante él sólo debo callar y dejar hablar al corazón.
Aquellos ojos del color del color, a una
altura azul,
cunden copihues, humo de agua,
con tanto encanto blanco en el espíritu.
¿Había viento a aquellas horas o
eran abejas borrachas
trayendo miel y sangre
al panal de mi cráneo?
Porque el agua es hermosa
y el cielo es hermoso
y ambos son buenos amigos -dijo-
Porque la luz es la cruz de la estrella
y mis pechos la cruz de la luz...
Porque en silencio sabemos lo que somos,
a una altura azul:
el águila y el cisne,
el venado y el puma,
montañas de carne y hueso,
cementerio de la eternidad.
Jaime Huenún. (Chile)
La voz del silencio
Después de mucho esfuerzo pude desprenderme del ruido del mundo y quedarme con la mente en blanco para escuchar la voz del silencio y llegar a saber lo que soy en realidad.
Raúl Czejer
miércoles, 25 de abril de 2012
Razones del corazón
Razones del corazón. La educación del deseo - Adela Cortina | |||||
’Reflexiones para la educación del nuevo siglo’ III Ciclo de conferencias Santillana para el ciclo de otoño 2000.
Gracias por tu amable atención | |||||
martes, 3 de abril de 2012
Cinismo mediático: manipulación oculta
Este hermoso vals de Shostakovich nos acerca un poco de aire fresco antes de introducirnos en las densas brumas de los mensajes mediáticos.
Noam Chomsky, con la claridad de siempre, nos enseña a estar alertas ante las artimañas de los medios con las que intentan hacernos ver lo que ellos quieren
Gracias a Youtube
Aurelio se había establecido en un paraje de la selva misionera donde no llegaba la palabra de los medios ni de sus repetidoras: las habladurías de la gente. El tenía decidido no darles oportunidad de que le laven el cerebro
—No más simulacros de la realidad ni invasión cultural—se dijo—.En adelante voy a mirar las cosas con mis propios ojos y en su realidad desnuda.
Sólo salvó del holocausto a unos pocos libros que le habían abierto la cabeza.
—¡Qué bueno! —exclamó—. Le voy a enseñar a hablar para que me alegre el rancho…
—¡Coca Cola! —dijo el lorito como para dejar en claro su condición— ¡Coca Cola!, ¡Halloween!, ¡Halloween!, ¡Be happy!, ¡Winter sale!
—¡Carajo! —exclamó Aurelio—. ¡Me están invadiendo el rancho con un loro colonizado! ¡Esto ya es el colmo! —gritó, al tiempo que descolgaba la escopeta.
—¡Ya vas a ver, loro alcahuete! —vociferó fuera de sí y, olvidando su idilio con la naturaleza, le descargó un chumbo que si el loro no pega un salto oportuno habría llevado a mejor vida su propaganda imperialista.
—¡Bye, bye, you idiot! —parlaba el loro mientras ponía distancia entre su seguridad y la furia de Aurelio
—¡Go home! ¡Go home, loro cipayo! ¡Go to hell, you bastard!—gritaba Aurelio descontrolado.
—¿Go home? ¿Dije “go home”? ¿Go to hell?—se preguntó estupefacto, y cayó en la cuenta de que la independización cultural debía comenzar por él mismo
Raúl Czejer
La televisión postmoderna: El cinismo a escena
Una información libre y realmente independiente tendría que ser el más alto sentido de los medios de comunicación en una sociedad democrática
Como indica Pierre Bourdieu, la televisión busca sucesos y, especialmente, busca ocultar mostrando. Esta contradicción resume el poder de la televisión y sus elecciones informativas y periodísticas. El mundo audiovisual pretende ser una radiografía de lo que pasa, pero en el fondo sólo lo es de la realidad televisada. El énfasis de presentar la realidad o bien como suceso o bien como espectáculo, impone un sensacionalismo en la producción del discurso público.
Lo propio de la televisión debería ser formar la opinión pública mediante una información libre y realmente independiente. Éste tendría que ser el más alto sentido de los medios de comunicación de masas en una sociedad democrática. Pero no es así. Los efectos perversos de la comunicación, entendida como negocio o como control pasivo de la realidad por el Homo videns ejercen un efecto directo sobre la democracia y sobre la madurez política de los ciudadanos.
El drama de la televisión postmoderna es que ésta no sólo informa, sino que, sobre todo, se dedica al entretenimiento de las masas mediante la búsqueda de las audiencias. En esta búsqueda de cuotas de mercado, los programas supuestamente verdaderos son un nuevo tipo de espectáculo que tiene mucho éxito. La banalidad se emite de manera consciente e interesada por parte de sus productores y creadores. Se celebran falsos debates, con falsos invitados, imaginarias entrevistas o pastiches de todo tipo. Aparentemente todo es verdad, un reflejo claro, directo, nítido de la realidad social, pero en el fondo, es un circo donde los esperpentos hacen impunemente su número.
La televisión postmoderna cumple uno de los requisitos indispensables de la postmodernidad, a saber, el cinismo. El cinismo actual puede definirse como la radical pérdida de sinceridad. Se establece sobre la hipocresía. Un elemento indispensable de la actitud cínica es el descaro y la desfachatez. Todo el mundo parece ser muy sincero cuando cuenta sus penas, pero es sólo apariencia. La trivialidad y la banalidad, en cuanto actitudes propias de la cultura postmoderna, se difunden como parte esencial del nuevo entorno mediático.
Se genera un tipo de discurso en el que la desinformación e incluso la contrainformación se utilizan como parte principal del mensaje televisivo. Los debates-basura que singulariza esta televisión se convierten en un espectáculo donde cada uno tiene que representar bien su papel, como si se lo creyera de verdad. El mercenario mediático defiende como el sofista griego la idea que le impone el mejor postor. Da igual lo que sea. En este tipo de televisión, se ridiculiza al adversario hasta llevarlo a extremos grotescos.
He aquí otro de los éxitos de esta televisión de la postmodernidad: la manipulación de la audiencia mediante la confusión entre realidad y ficción. La incoherencia vuelve verosímil lo inverosímil, y absurdo lo que es lógico. Tal capacidad para difundir y trastocar las causas y fundamentos de lo que ocurre, y especialmente el embotamiento de los ciudadanos que quedan reducidos a ser audiencias pasivas e inconscientes, surge como el enorme problema de la democracia.
Una democracia legítima y no sólo legal, tiene que afrontar de manera directa y valiente la defensa de la objetividad y del conocimiento en profundidad de los fenómenos por parte de los ciudadanos. Necesitamos una nueva ética pública de carácter crítico y comprometido con la realidad. Esta nueva ética tendría que convertirse en la verdadera contribución a una política y comunicación emancipada de las servidumbres de nuestro tiempo.
Francesc Torralba Roselló
Gracias al autor y a www.forumlibertas.com
jueves, 15 de marzo de 2012
Tolerancia cero
Pedro dice basta
A mi amigo Pedro se le estaba haciendo insoportable la situación. Tan luego a él, que gustaba de los silencios conventuales a la hora del descanso para disfrutar a su gusto del Nocturno de Chopin o del Concierto de Aranjuez, le había tocado tener de vecinos a un grupo de muchachos que dedicaban sus largas horas de ocio a aporrear los instrumentos propios de una banda de rock conectados a un desorbitado amplificador que hacía tremolar las paredes. Cuando los jóvenes se instalaron en la casa le pareció agradable escuchar un poco de la algarabía que toda reunión de muchachos suele suscitar; daría un poco de alegría al entorno, pensó. Pero cuando se sucedieron los días y dale que dale a la batería y las guitarras, sus oídos educados en la música clásica se saturaron de ruidos y no tuvo más remedio que andar por la casa con un tapa orejas que pusiera distancia entre él y la trapisonda de los vecinos. El placer de la estudiantina se fue al tacho. Comenzó a subírsele la presión y él a fastidiarse con tanto estruendo de rock pesado.
Por fin se decidió: Presentaría a los vecinos su queja por ruidos molestos. Llamó insistentemente a la puerta y nada. Pensó que de tanto estar sumergidos en un mar de bochinche los muchachos se habían vuelto medio sordos, así que apeló a recursos más expeditivos. Si no escuchaban, al menos podrían oler, pensó. En el quiosco de la esquina compró unas bombitas de mal olor y las arrojó hacia el interior de la casa de los vecinos por el conducto de respiración de la cocina. Al ratito nomás los vio aparecer en estampida hacia la calle apantallándose las narices. “Esta es la mía”, se dijo, y encaró a la banda que sentada en el cordón de la vereda se empecinaba en espantar la resaca de la pestilencia que misteriosamente había invadido el estudio improvisado.
—Muchachos —les dijo con el tono más amable que encontró en su repertorio—, aprovecho que casualmente los encuentro. Quería pedirles que moderen el nivel de ruido de su amplificador. No me dejan dormir ni a la tarde ni a altas horas de la noche y, sinceramente, ya no lo soporto más.
—La libertad es libre —le contestó un flaco con aires de John Lennon en tiempos de sus andanzas con Yoko Ono—. En nuestra casa podemos hacer lo que queramos. Para eso pagamos el alquiler.
—Mirá, flaco —le respondió sintiendo que los colores se le subían a la cara—, tu libertad será libre dentro de tu casa, pero no en mi casa, donde el que manda soy yo. Si tu ruido invade mi propiedad, me estás atropellando, y eso no lo voy a permitir.
—Vos sos un intolerante de mierda, incapaz de aguantarte nada en beneficio de la convivencia y del arte musical—le espetó a boca de jarro un gordito pelirrojo. Después supe que era el que apaleaba la batería.
—Vamos por partes —vociferó Pedro levantando presión y sintiendo que la furia española se le subía a la cabeza—. Primero aclaremos lo “de mierda”: Mi supuesta intolerancia no tiene nada que ver con vos. Segundo: ¿Intolerante? ¿Defenderse de la agresión es ser intolerante? ¿Acaso la convivencia puede basarse en la injusticia? Y tercero: ¿En beneficio de la música? Muchachos, ustedes no hacen música, ustedes deconstruyen la música. Se los digo yo, que de eso sé bastante.
—¡No me vengas con filosofías! Tolerar es bancarse las molestias que los demás nos pueden ocasionar. Un poco de ruido no te va a arruinar los nervios. ¡No hay que ser tan estrechos, che! —le contestó el flaco cara de intelectual setentista— Además, te informo que la música que hacemos es música cavernaria, porque nosotros buscamos reconstruir las raíces originales del arte musical, limpiándola de toda la porquería que le cargó encima la burguesía satisfecha.
---Tampoco hay que ser tan contemplativos que renunciemos a nuestros derechos. Aunque a vos no te parezca, tu barahúnda de ruidos, música o lo que vos quieras, me va a arruinar la salud. Yo les insisto: por favor, bajen el volumen del sonido —concluyó Pedro, viendo que sus vecinos eran impermeables a las ideas de justicia, respeto y consideración y que iba a tener a tener que lidiar con ellos en su propio terreno.
El bochinche siguió tal cual. “Fuego contra fuego”, se dijo Pedro estratégicamente y se dispuso a presentar batalla. En una tienda de aparatos de audio compró un equipo amplificador de diez mil watts de consumo real y lo instaló en el cuarto contiguo a la casa vecina. Cuando probó su funcionamiento, sin llegar al máximo, los cuadros se cayeron de las paredes. Un amigo que entendía de electrónica le proveyó un sensor que encendía el equipo cuando el nivel de ruido de la casa vecina llegaba al límite de 55 decibeles. Cada vez que los rockeros improvisados se pasaban de la raya, el amplificador de Pedro tapaba batería, guitarras y cualquier otro sonido que anduviera por ahí, de tal modo que era imposible continuar con el ensayo. Los muchachos comprendieron que debían bajar los decibeles que invadían la casa del vecino. Forraron paredes, ventanas y puertas con material aislante, convirtiendo a la casa en una cueva estanca apenas iluminada por una bombilla eléctrica. Aislados del mundanal ruido se encerraron a darle a los instrumentos sin asco y sin descanso, a gusto y piacere, como diría mi amigo, el tano Pascual.
Pero a Pedro se le fue la mano.
Un día en que se despertó medio chinchudo y no dispuesto a tolerar ruidito alguno más allá del límite que había impuesto, puso al máximo el amplificador. Al comienzo de la tocata cavernaria todo fue normal, pero a medida que se calentaba el concierto el volumen comenzó a subir de nivel, traspasó las paredes y el aislante y llegó al límite. Al instante se disparó el equipo de Pedro. El estruendo fue un tsunami de sonidos que hizo tremolar la casa como hoja azotada por el viento, el temblor rajó las paredes y toda la estructura colapsó ante el embate de las ondas sonoras embravecidas. No quedó piedra sobre piedra. Batería, guitarras, bajos, amplificadores, todo sucumbió bajo los escombros. De puro milagro los habitantes se salvaron de la hecatombe.
Pedro fue condenado por estrago con dolo eventual y lesiones varias.
Ahora, recluido en una celda oscura y silenciosa como una caverna añora los días en que la algarabía de los jóvenes, la batería y las guitarras poblaban su mundo de mágicos sonidos. De vez en cuando lo voy a visitar y le llevo las grabaciones de los últimos conciertos de la banda de rock que fueran sus vecinos.
Gracias por tu amable atención
Raúl Czejer
Raúl Czejer
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