jueves, 3 de noviembre de 2011

No es problema mío

                                                     El desafío

 Como si se hubiera corrido el telón de un escenario, la puerta del único cafetín del barrio se abrió con un chirrido de bisagras herrumbradas. Ante la mirada de los pocos habitués que se entretenían en arreglar el mundo y jugar al truco, hicieron su aparición en la escena dos hombres jóvenes, quienes cruzaron el salón sin saludar a nadie. Pantalón exageradamente grande, remera y el infaltable gorrito denunciaban a jóvenes a la usanza actual, que podían pertenecer a cualquier clase social. Uno, alto y flaco, semejante a un quijote, caminaba cabeza gacha como inspeccionando el piso. Su compañero, petiso y retacón, marchaba sacando pecho y mirando hacia algún punto del cielorraso. Encabezaba la procesión con aire despreciativo hacia todos los presentes, que lo miraban con indiferencia, como si ya estuvieran acostumbrados a verlo en ese lugar.  Se sentaron junto a la ventana que da a la calle lateral,  para tener a la vista lo que sucedía en la plaza contigua.

—¿Qué tomás? —preguntó el gordo
—Lo que vos quieras. Me da lo mismo —contestó el flaco.
—¡Mozo! Dos cortados —ordenó a voz en cuello el gordo.
—No. Mejor café solo para mí.
__¿En qué quedamos?
—Es que la leche me cae pesada —se excusó el flaco.
—Mejor me callo. ¡Mozo! Que sean un cortado y un café.
—Macanudo —contestó el mozo con resignación.
—¿Te parece, che? —preguntó con aire dubitativo el flaco
—¿Y por qué no? Tenemos que reaccionar, porque de lo contrario nos van a pasar por arriba.
—Sí, pero hay que ser prudentes. No podemos actuar a tontas y a locas
—Bueno, es verdad, pero también hay que tener coraje.
—¿Y si sale gente lastimada?
—No te hagás problema, macho, lo tengo todo calculado.
—No sé, no sé…la verdad es que me parece peligroso.
—Confiá en mí. ¿Acaso alguna vez te fallé?
—No, no, pero sinceramente…
—¡Vamos, che, no te me vas a achicar ahora!
—Bueno, si vos decís que no habrá problema…
—Mirá, los muchachos ya lo tienen todo preparado. Cuando llegue el momento, ponemos lo que hay que poner y le metemos fierro a fondo
—¡Che, no van a hacer despelote! Mirá que a aquéllos se les puede ir la mano.
—Vos fumá. No va a pasar nada. ¡Ya vas a ver cómo los corremos hasta abajo de la cama! Les vamos a dar leña como para que tengan por mucho tiempo.
—¡Ojo, que los otros no son mancos!
—Nosotros tenemos que confiar en nuestras condiciones para este desafío. Dicen que la falta de confianza en sí mismo es el primer paso hacia la derrota.
—Lo mismo deben pensar los otros
—Justamente por eso hay que dar la batalla y ahí se verá quién es el mejor.
—¿Estás seguro de que los muchachos están bien entrenados? Mirá que a veces son medio chantas
—Me aseguraron que estuvieron practicando duro y parejo todas las tácticas que yo les enseñé.
—¿Y si las cosas  empiezan a ponerse feas? ¿Qué tácticas prepararon?
—Replegarse y reorganizarse para volver a la carga. Como hacen los generales en el campo de batalla.
—Sí, pero nosotros no somos generales. Si ni siquiera hicimos la colimba.
—No importa. Lo aprendimos en las películas de guerra
—En el último encontronazo salí todo magullado y tuve que aguantarme los reproches de mi mujer —se quejó el flaco
—Las mujeres no entienden —contestó el gordo con aire de entendido—.Vos decile que te atropelló un colectivo.
—¿Vos te pensás que es una gilandruna? No, si ve bajo el agua y me caza las mentiras al vuelo.
—Bueno, bancate el rezongo hasta que se le pase la bronca.
—Che, ¿y la yuta?
—Lo tenemos todo arreglado. Van a mirar para otro lado.
—Bueno, tal vez…¿A qué hora hay que estar ahí?
—A las seis nos reunimos en la plaza.
—Espero que no terminemos en el hospital. ¡Mi mujer me mata!
—No seas cagón. Te espero. Chau. Pagá la consumición. ¡Hasta la victoria, siempre!
—Si vos lo decís…Chau. Nos vemos.

El flaco quedó pensativo, con los codos apoyados sobre la mesa. El mozo, hombre ya entrado en años y conocedor de la fauna que frecuentaba el bar, se  acercó a la mesa  para retirar la vajilla y cobrar lo consumido.
—Perdoná que me meta —le dijo con aire distraído.
—¿?
—Mientras andaba de mesa en mesa escuché algo de lo que conversaban. ¿Me dejás que te dé un consejo, pibe?
—Déle nomás, don Antonio.
—No le sigás la corriente al gordo. Es un enloquecido y un violento. Vos sos un buen pibe y tenés familia. No podés arriesgar todo por un estúpido desafío de gallitos de riña.
—Lo tendré en cuenta. Gracias, don Antonio.

Las seis de la tarde llegó después de las cinco, como todos los días.
—Voy a la placita a juntarme con los muchachos —dijo el flaco a su mujer.
—¿A qué vas a la plaza? —pregunto ella
—Nada. Vamos a jugar a la pelota —contestó y se apresuró a salir para no oír los rezongos acostumbrados.
—Acordate que a las seis sale el nene del colegio. Andá a buscarlo para que no venga solo —le gritó la mujer, pero él no alcanzó a escucharla.

En el centro de la plaza hay un nene tendido en la vereda, con la cabeza partida por un botellazo y el guardapolvo blanco manchado de sangre. A las seis de la tarde había salido de la escuela y volvía solo a su casa. No vio venir la botella que arrojó un petiso retacón. Ese día su papá se olvidó de ir a buscarlo, o tal vez tenía algo más importante que hacer.

                                                                                                                   Raúl Czejer


Hacerse cargo de los problemas que afectan a la comunidad es una forma de la solidaridad social.  Lo contrario es lavarse las manos y actuar egoístamente.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Dueños de nada


                

   

“Podrán cortar las flores pero no podrán detener la primavera”


En vano los hombres, amontonados por centenares y miles sobre una estrecha extensión, procuraban mutilar la tierra sobre la cual se apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin de que nada pudiese germinar en ellas; en vano arrancaban todas las briznas de hierba y ensuciaban el aire con el carbón y el petróleo; en vano cortaban los árboles y ponían en fuga a los animales y a los pájaros; la primavera era la primavera incluso en la ciudad.



El sol calentaba, brotaba la hierba y verdeaba en todos los sitios donde no la habían arrancado, tanto en los céspedes de los jardines como entre las grietas del pavimento; los chopos, los álamos y los cerezos desplegaban sus brillantes y perfumadas hojas; los tilos hinchaban sus botones a punto de abrirse, los chovas, los gorriones y las palomas trabajaban gozosamente en sus nidos, y las moscas, calentadas por el sol, bordoneaban en las paredes. Todo estaba radiante.



Únicamente los hombres, los adultos continuaban atormentándose y tendiéndose trampas mutuamente. Consideraban que no era aquella mañana de primavera, aquella belleza divina del mundo creado para la felicidad de todos los seres vivientes, belleza que predisponía para la paz, a la unión y al amor, lo que era sagrado e importante; lo importante para ellos era imaginar el mayor número posible de medios para convertirse en amos los unos de los otros.


                                                                                          León Tolstoi
                                                                                                    



                             El complejo de Dios de la modernidad.

La crisis actual no es solo una crisis de escasez creciente de recursos y de servicios naturales. Es fundamentalmente la crisis de un tipo de civilización que ha colocado al ser humano como «señor y dueño» de la naturaleza (Descartes). Ésta, para él, no tiene espíritu ni propósito y por eso puede hacer lo que quiera con ella.

Según el fundador del paradigma moderno de la tecnociencia, Francis Bacon, el ser humano debe torturarla hasta que nos entregue todos sus secretos. De esta actitud se ha derivado una relación de agresión y de verdadera guerra contra la naturaleza salvaje que debía ser dominada y «civilizada». Surgió así también la proyección arrogante del ser humano como el «Dios» que domina y organiza todo.

Debemos reconocer que el cristianismo ayudó a legitimar y a reforzar esta comprensión. El Génesis dice claramente: «llenad la Tierra y sujetadla y dominad sobre todo lo que vive y se mueve sobre ella» (1,28). Después se afirma que el ser humano fue hecho «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). El sentido bíblico de esta expresión es que el ser humano es lugarteniente de Dios, y como Éste es el señor del universo, el ser humano es el señor de la Tierra. Él goza de una dignidad que es solo suya: la de estar por encima de los demás seres. De aquí se generó el antropocentrismo, una de las causas de la crisis ecológica. Finalmente, el monoteísmo estricto suprimió el carácter sagrado de todas las cosas y lo concentró sólo en Dios. El mundo, al no poseer nada de sagrado, no necesita ser respetado. Podemos modelarlo a nuestro gusto. La moderna civilización de la tecnociencia ha ocupado todos los espacios con sus aparatos y ha podido penetrar en el corazón de la materia, de la vida y del universo. Todo venía envuelto con el aura del «progreso», una especie de recuperación del paraíso, en otro tiempo perdido, pero ahora reconstruido y ofrecido a todos.

Esta visión gloriosa empezó a derrumbarse en el siglo XX con las dos guerras mundiales y otras coloniales que produjeron doscientos millones de víctimas. Cuando se perpetró el mayor acto terrorista de la historia, las bombas atómicas lanzadas sobre Japón por el ejército estadounidense, que mataron a miles de personas y destruyeron la naturaleza, la humanidad se llevó un susto del cual no se ha repuesto hasta hoy. Con las armas atómicas, biológicas y químicas construidas después, nos hemos dado cuenta de que no necesitamos a Dios para hacer realidad el Apocalipsis.

No somos Dios y querer serlo nos lleva a la locura. La idea del hombre queriendo ser «Dios» se ha transformado en una pesadilla. Pero él se esconde todavía detrás del «tina» (there is no alternative) neoliberal: «no hay alternativa, este mundo es definitivo». Ridículo. Démonos cuenta de que «el saber cómo poder» (Bacon) cuando se realiza sin conciencia y sin límites puede autodestruirnos. ¿Qué poder tenemos sobre la naturaleza? ¿Quién domina un tsunami? ¿Quién controla el volcán chileno Puyehe? ¿Quién frena la furia de las inundaciones en las ciudades serranas de Río? ¿Quién impide el efecto letal de las partículas atómicas de uranio, de cesio y de otros elementos, liberadas por las catástrofes de Chernobyl y de Fukushima? Como dijo Heidegger en su última entrevista a Der Spiegel: «sólo un Dios podrá salvarnos».

Tenemos que aceptarnos como simples criaturas junto con todas las demás de la comunidad de vida. Tenemos el mismo origen común: el polvo de la Tierra. No somos la corona de la creación, sino un eslabón de la corriente de la vida, con una diferencia, la de ser conscientes y con la misión de «guardar y cuidar el jardín del Edén» (Gn 2,15), es decir, de mantener las condiciones de sostenibilidad de todos los ecosistemas que componen la Tierra.

Si partimos de la Biblia para legitimar la dominación de la Tierra, tenemos que volver a ella para aprender a respetarla y a cuidarla. La Tierra generó a todos. Dios ordenó: «Que la Tierra produzca seres vivos, según su especie» (Gn 1,24). Ella, por lo tanto, no es inerte; es generadora, es madre. La alianza de Dios no es solo con los seres humanos. Después del tsunami del diluvio, Dios rehizo la alianza «con nuestra descendencia y con todos los seres vivos» (Gn 9,10). Sin ellos, somos una familia menguada.

La historia muestra que la arrogancia de «ser Dios», sin nunca poder serlo, sólo nos trae desgracias. Bástenos ser simples criaturas con la misión de cuidar y respetar a la Madre Tierra.

                                                                       Leonardo Boff
                                                           Teólogo, filósofo y escritor

   Gracias a    En Positivo
   Fuente: Adital




sábado, 15 de octubre de 2011

Dia de la Madre






En Argentina se celebra hoy el Día de la Madre, como sucede en muchos otros países en distintas fechas.
Saludo con todo afecto a todas las mamás, sin distinción de nacionalidad,  a las que viven en el país y a las que residen en otras partes del mundo.
Como creyente, pido a Dios que las acompañe en su vida y les dé paz y felicidad, como así mismo a las mamás que ya no están junto a nosotros.




Evocación

Ven para acá, me dijo dulcemente
mi madre cierto día;
(aún parece que escucho en el ambiente
de su voz la celeste melodía).


Ven, y dime qué causas tan extrañas
te arrancan esa lágrima, hijo mío,
que cuelga de tus trémulas pestañas,
como gota cuajada de rocío.


Tú tienes una pena y me la ocultas.
¿No sabes que la madre más sencilla
sabe leer en el alma de sus hijos
como tú en la cartilla?


¿Quieres que te adivine lo que sientes?
Ven para acá, pilluelo,
que con un par de besos en la frente
disiparé las nubes de tu cielo.


Yo prorrumpí a llorar. Nada, le dije;
la causa de mis lágrimas ignoro,
pero de vez en cuando se me oprime
el corazón, y lloro.


Ella inclinó la frente, pensativa,
se turbó su pupila,
y, enjugando sus ojos y los míos,
me dijo más tranquila:


- LLama siempre a tu madre cuando sufras,
que vendrá, muerta o viva;
si está en el mundo, a compartir tus penas,
y si no, a consolarte desde arriba...


Y lo hago así cuando la suerte ruda,
como hoy, perturba de mi hogar la calma:
¡ Invoco el nombre de mi madre amada,
y, entonces, siento que se ensancha el alma !


Olegario Victor Andrade
(Poeta argentino, 1839-1882)



                                                                  

lunes, 10 de octubre de 2011

Sueños de juventud

                                                Filantropía

Un día en Buenos Aires, calle Florida y un encuentro casual de dos amigos de la juventud.
—¡Hola, Bocha!…
—¡Oooh! ¿Cómo te va, Flaco? ¡Gusto de verte, che!
—¡Qué sorpresa encontrarte, en plena calle Florida y con el mundo de gente que hay a esta hora! ¿Cómo estás? ¡Tanto tiempo! ¿Todo bien?
—Por suerte y gracias a Dios —toco madera— por ahora todo bien. Bue…siempre hay cosas que te joden un poco, pero qué se le va a hacer.
—Y sí…no se puede pretender que nunca nos pase nada. Che, ¿Tomamos un café y charlamos un rato? ¿Tenés un tiempito?
—Estoy camino a casa, pero puedo avisar a la patrona que me demoraré algún ratito
—Dale.
—Holáaa… ¿Eugenia? Soy yo. Quería avisarte que voy a llegar un poco más tarde…No,no. Me encontré con un amigo de la infancia… ¿No hay problema? Bueno, un beso.
—Che, pero qué término tan antiguo, ¡patrona!
—Vos sabés que en las parejas reina el hombre pero manda la mujer
—Ah, no, no… ¡En mi casa mando yo!
—Sí, ya sé: vos tenés la última palabra. Conozco cómo termina el chiste. Ja,ja…
—Y bue, así son las cosas. Todo sea por la paz del hogar. ¿Nos sentamos aquí? ¿Te parece bien?
—Bueno. Qué lindo lugar éste, ¿no?
—¿Viste qué buena onda? Era hasta hace poco un clásico bar de Buenos Aires. Los herederos lo vendieron y los nuevos dueños le dieron este aire francés que tiene ahora. Hasta el nombre es franchute. Fijate: “Le Petit Pingouin”. No sé, tal vez lo han puesto en honor de los mandamás de turno. ¿Qué tomás? ¿Café?
—No. El café me cae mal. Mejor un whisky.
—¡Mozo! Dos whiskies, por favor. ¡Cuánto tiempo, Bocha! ¿En qué andás, che?
—Por ahora a pie, pero en cualquier momento me motorizo
—¡Ja,ja! ¡Mirá que sos jodón! No perdés tu buen humor. Hacés bien. Dicen que la risa ayuda a la buena salud
—Y sí. Motivos para amargarnos sobran. Mejor es ver las cosas por su costado ridículo y reírse hasta de uno mismo.
—Hablando de eso: ¿A qué te dedicás? Vos ibas a ser ingeniero agrónomo, te acordás? Querías dedicarte a producir alimentos para toda la humanidad, para que no haya más hambre en el mundo
—Soy ingeniero agrónomo.
—Pero por lo visto estás en otra cosa
—No del todo. Estoy trabajando en el Ministerio de Agricultura y Ganadería como inspector de chiqueros.
—¿Inspector de chiqueros? ¿Qué es eso?
—Cuido que los chanchos sean bien tratados.
—¿Y para qué los cuidás?
—Para que lleguen sanitos al matadero
—Ah, ¡qué misión tan humanitaria!
—No sólo eso. Es un trabajo que tiene antecesores ilustres.
—¿Cómo es eso?
—El mismísimo Jorge Luis Borges fue inspector de chiqueros
—Ah, “así, pos, sí”, como decía el Chapulín. Es todo un honor, che.
—Ya me han dado tres medallas de honor en reconocimiento de mi eficiencia
—¿Ah sí? Contame, contame
—No permito que ningún chancho llegue escuálido y enfermizo a la fábrica de chorizos
—¿Y qué hacen con los escuálidos?
—Los vendemos a precio de costo para que los consuman los pobres
—Ah, sos un campeón del humanitarismo. Con razón lo de las medallas.
—Y bue, uno hace lo que puede; hay que tener conciencia social, che. Y vos… ¿en qué andás? Contame.
—¿Te acordás que yo siempre quise ser médico?
—Si, vos querías dedicarte a curar enfermos porque era un trabajo muy humanitario. Tu héroe era el Dr. Maradona
—Exactamente. Estudié y por suerte estoy en lo que me gusta.
—¿Trabajás en algún hospital?
—No, no. Hay que mantener a la familia y en el hospital pagan poco, si te pagan. Trabajo en mi consultorio.
—¡Qué bueno! Te felicito. ¿Y te va bien, che?
—No me puedo quejar. Atiendo un paciente cada diez minutos, diez horas por día.
—¿Cuántos pacientes atendés en total a la semana?
—Y…unos seiscientos, setecientos
—¿Y de todos sabés su historia clínica? ¿Conocés personalmente a cada uno?
—No, ni hace falta. ¿Para qué está la computadora?
—Ah, vos sos un médico informatizado. ¡Qué moderno, che!
—Claro. Así mi trabajo humanitario se extiende a más enfermos.
—¿Y la Academia de Medicina no te ha dado una medalla en reconocimiento de tu eficiencia humanitarista?
—No; ni la espero. Yo lo hago todo por los enfermos
—Ah, claro. Hay que ser desinteresado, che.
—Por supuesto.
—Bueno, me tengo que ir. Un gusto charlar con vos. ¡Adelante con la medicina informática! Chau, Flaco, hasta cualquier momento. Suerte
—Que te vaya bien, Bocha. ¡Duro con los chanchos raquíticos!

Buenos Aires, indiferente, sigue su ritmo normal. No ha pasado nada. ¿O será verdad lo del efecto mariposa?

                                                                                   Raúl Czejer

 La juventud es la edad de los sueños y las esperanzas. Luego viene la realidad, nos despierta, nos amolda a su imagen y semejanza y nos deja sin ilusiones. Pero siempre es posible reanimar las  utopías y soñar otra realidad. Se empieza diciendo basta.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Certezas

                                                            La visión

—Nunca supe qué fue lo que ocurrió, pero aquella noche vi algo que no alcanzo a comprender —dijo Prudencio y guardó silencio, como para crear expectativa y concitar la atención de sus compañeros. Todos se callaron y lo miraron con interés, porque lo sabían un buen narrador de historias fantásticas, de las que se acostumbraba contar en las reuniones de gente de campo, cuando la televisión aún no había entrado en los hogares.
—Sucedió una noche, en la Pampa de Achala. —continuó Prudencio, una vez que toda la atención de sus compañeros estaba concentrada en él y el mate empezaba a correr de boca en boca.
—Arriábamos un rebaño de vacas desde Córdoba hacia San Luis y nos encontrábamos acampando en ese desierto de piedra y pasto duro que media entre el Valle de la Punilla y el pedemonte de Traslasierra. Me había tocado esa noche hacer la guardia, por si algún cuatrero o algún puma intentara robarnos algún animal. Las estrellas relumbraban en el cielo oscuro y sólo se escuchaba el canto rítmico de los grillos sobre el fondo de un silencio absoluto. Pasaban las horas y el sueño me iba venciendo poco a poco. De pronto, un resplandor fosforescente estalló en medio de la noche, tan calladamente que el ganado no dio muestras de inquietud; sólo los grillos dejaron de cantar y se hizo un silencio tal que podía oír los latidos en mi pecho. Fue como un disparo de luz que permaneció unos segundos en mis ojos impidiéndome toda visión. Cuando nuevamente pude entrever en la oscuridad, me llamó la atención que la llama del fogón estaba inmóvil, como congelada en el tiempo, y me pareció ver que el ganado se estaba moviendo en total silencio hacia una sombra, como un bulto enorme y más negro que la noche, que yo no alcanzaba a distinguir. El rebaño entero desapareció, engullida por esa sombra fantasmal. Yo me frotaba los ojos para ver mejor pero no podía siquiera vislumbrar qué era aquello. Un nuevo relámpago de luz relumbró en la oscuridad iluminando espectralmente el desierto y pude ver por un instante que en el corral improvisado ya no había vaca alguna. Enseguida sentí que los grillos volvieron a cantar y vi que la llama del fogón volvía a flamear bajo la pava. Noté que mis compañeros seguían durmiendo como si nada hubiera ocurrido y pensé que yo debía estar soñando y que lo que había visto o creído ver no podía haber sucedido. Me acerqué al corral para ver mejor y comprobé que efectivamente el ganado ya no estaba. Retorné junto a mis compañeros lo más rápido que me permitió la oscuridad e intenté despertarlos para ponerlos al tanto de lo que estaba sucediendo, pero no hubo forma: seguían roncando como benditos. Me acurruqué junto al fogón porque el frío del desierto se hacía sentir y me dispuse a esperar la mañana, mientras cavilaba sobre qué sería aquello que había visto. Debí quedarme dormido porque un compañero me despertó cuando ya el sol brillaba en el cielo. Me extrañó su tranquilidad. Me levanté de un salto y miré hacia el corral. Allí estaban las vacas, mugiendo como todos los días y arrancando los pocos pastos que encontraban entre las rocas. “No puede ser”, me dije. Conté a mis compañeros lo que había visto esa noche. Entre todos me convencieron de que lo había soñado, ya que allí estaban las vacas para demostrar que no habían sido secuestradas.

No pensé más en el asunto y viví tranquilo hasta que me enteré de que todas las vacas de aquel rebaño habían parido al mismo tiempo, justo a los nueve meses y medio de aquella travesía del desierto. Desde entonces ya no sé qué es verdad y qué es sueño en las cosas que vivimos —concluyó Prudencio.

Todos lo miraban en silencio, mezcla de intriga e incredulidad. Sin decir palabra, se levantó y salió de la casa, perdiéndose en la noche.
Cuentan que Prudencio ya no sabe decir ni hacer nada con seguridad. Siempre un “tal vez” un “quizá”, un “probablemente”. Y que desde entonces la incertidumbre signó su vida.

                                                                                        Raúl Czejer

Certezas no tenemos demasiadas. Pero nuestra vida no se arraiga en ellas, sino en lo que creemos. Sin esa fe que da sentido a la existencia y esperanzas al corazón, ¿qué sería de nosotros?

jueves, 22 de septiembre de 2011

Comunión



                                                   Solo de oboe


—Ayer, mientras tomaba mis acostumbrados mates mañaneros, estaba pensando en Antonio. ¿Te acordás de Antonio? Aunque vos  hace mucho que te fuiste, seguro recordás que era un hombre ya grande, muy bien conservado a fuerza de ejercicios y de practicar varios deportes. No se  perdía la maratón anual que se realiza en Palermo y aunque llegaba entre los últimos, siempre llegaba. ¿Te acordás  que vivía con su hija, que estaba casada y tenía dos hijos?  Bueno, resulta que un buen día Antonio desapareció del barrio y ya nadie supo más de él. Ni los vecinos ni la familia pudieron dar razones de su desaparición y aunque se hizo la denuncia, no hubo forma de ubicarlo y así pasó a engrosar la lista de personas desaparecidas. La hija mucho no se ocupó de buscarlo porque parece que no se llevaban bien. En el barrio se hicieron las más variadas conjeturas sobre qué podía haber ocurrido con él. Vos sabés cómo es la gente cuando se pone a imaginar. Las teorías fueron de lo más disparatadas. A vos te consta  que yo no me doy a habladurías y que no me gusta andar averiguando la vida de la gente, pero el caso de Antonio me tenía intrigado, así que me propuse realizar una investigación exhaustiva que me llevara a la verdad.

Hablé con los vecinos y con todos los que lo conocían para recabar información de aquí y de allá de modo de  hacerme una composición de lo sucedido, pero no lograba avanzar gran cosa. Vos me conocés,  yo soy perseverante, de modo que seguí averiguando y quiso mi buena estrella que  en esa pesquisa me encontrara al fin con una gente que dicen que lo vieron una vez en la playa de Claromecó, un día de frío y mucho viento. Casi no lo reconocieron, porque tenía la barba y el pelo muy crecidos y estaba vestido de un modo estrafalario, como si fuera un hippie redivivo. Lo vieron sentado en la cima de un médano tocando una melancólica melodía en lo que parecía un oboe, con los pelos y la barba agitados por el viento. Más que música les pareció una oración puesta en sonidos. Cuando acabó de tocar, se levantó y se dirigió a una cabaña, al parecer de madera, que se veía en la lejanía  entre los médanos.

 No supieron darme más precisiones sobre la ubicación de esa cabaña, pero con las señas del lugar donde lo vieron pensé que no me sería difícil encontrarla. Así que un buen día nos fuimos con mi mujer a Claromecó a ver si podíamos hablar con él y saber las causas de su insólita desaparición.

 Después de algunas recorridas por la playa encontramos la cabaña. Antonio no estaba en ese momento, así que lo esperamos sentados en la arena, disfrutando de la vista del mar, enorme y solitario. Al rato apareció, acompañado por un perro siberiano. Traía una ristra de peces de varias clases colgando de una mano y en la otra una caña de pescar. Se sorprendió al vernos y nos reconoció al instante. Nos recibió con buen humor y nos invitó a comer pescado a la parrilla que él mismo prepararía. Aceptamos y al rato ya estábamos  conversando de distintas cosas como buenos y viejos vecinos. Yo no me animaba a entrar en el tema que me había llevado hasta allí, por temor de que lo tomara a mal, pero con el  correr de la conversación y haciéndome el pavote deslicé una frase como para tantear su disposición a hablar de su historia personal.

 —En el barrio se lo hecha de menos, don Antonio —dije mirando como distraído el horizonte del mar.

—Me imagino que debe de haberlos sorprendido mi desaparición —contestó, demostrando que no tenía empacho en hablar del asunto

—Efectivamente. Usted se ha transformado en un misterio para todos los vecinos.

—Es bueno y halagador que a uno lo extrañen. Gracias.

—¿Qué es lo que pasó, don Antonio, si se puede saber?

—No hay problema. Mire, un hombre debe saber cuándo es conveniente  abandonar el escenario y dejarse de joder al prójimo

—No le entiendo, perdóneme

—Cuando murió mi mujer, mi hija, que no tenía casa propia, vino a vivir conmigo junto con su familia, el marido y dos hijos. Mientras los nietos fueron chicos, dormían en un solo cuarto, pero cuando se hicieron grandes necesitaron espacio propio cada uno. No había cómo crear otro cuarto en el departamento, así que estaba sobrando uno. Entendí que ese uno era yo, el más viejo, el que ya había vivido su vida,  y que había llegado el momento de dejar espacio a los más jóvenes. Yo siempre tuve buena salud y gusté de la vida al aire libre. Me encanta  el mar y como por suerte tengo una buena pensión, pensé que bien podía pasar los últimos años de mi vida aquí, sin molestar a mi familia, en esta playa hermosa que conocí cuando era  hippie.

—¿Pero por qué no avisó a nadie de su decisión, ni a su familia?

—Porque se habrían opuesto y yo habría seguido sintiendo que era un estorbo.

—¿Y no piensa volver alguna vez?

—No. Aquí estoy bien. Yo, mi perro, mi oboe, la playa y el mar. Les pido que respeten mi decisión y no digan que estoy viviendo aquí.

—Así será, don Antonio, no se preocupe.

Cuando acabamos con los pescados a la parrilla, Antonio se ofreció para interpretar  en nuestro honor algunas composiciones propias en su oboe. Te imaginarás que en ese marco de playa y mar, sol tibio y brisa marina, la música de Antonio nos pareció de otro mundo. Arrancó a su oboe sonidos que hablaban de cielos estrellados y amaneceres luminosos, noches de viento y aguacero y días de comunión con las olas. Te juro que nunca había vivido momentos de tanta exaltación espiritual.

—Vuelvan cuando quieran —nos dijo al despedirnos—.  Aquí siempre habrá un amigo, un pescado a la parrilla y un oboe para alegrarles el corazón.

 Nos fuimos con las ganas de volver a escuchar  la música de Antonio en un día diáfano a orillas del de mar.

Al año volvimos. Ya no encontramos a nadie. Sólo quedaba la cabaña solitaria, mudo testigo de que  allí  el alma de  Antonio fue feliz.
                                                                                                  Raúl Czejer

La música es  el arte en  que mejor se realiza la comunión entre el espíritu del mundo y el alma del hombre. En la música el encanto del mundo vuelve a renacer, aún en medio de los horrores que crea la ambición.




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lunes, 12 de septiembre de 2011

Confianza en sí mismo

                                                           Abordaje
—Hoy tengo que abordarla —pensaba en el cuarto del hotel mientras  se afeitaba la barba crecida por varios días de abandono—. Al pan, pan, y al vino, vino. Basta ya de dilaciones y de medias tintas  —se dijo, sintiendo que había llegado el momento de afrontar la verdad.

Mientras seguía afeitándose cavilaba sobre cómo iba a encarar su discurso. ¿Iría directamente al grano o sería mejor dar un rodeo como para fundamentar su pretensión?

—Será mejor que lo escriba —pensó, después de imaginar variadas formas de encarar su propuesta—, así ordeno y aclaro mis ideas.

Se apresuró a terminar de afeitarse, tomó el cuaderno y el lápiz que siempre llevaba en su portafolios para anotar todo detalle sorprendente  que aconteciera en  las cosas cotidianas y se dispuso a componer su alocución, figurándose que la tenía presente allí, parapetada detrás de su computadora, enfundada en un tailleur gris que acentuaba la severidad de su persona y disimulando la  mirada inquisidora con unas grandes gafas multifocales.

Era un día de verano en Buenos Aires y un vaho de aire cálido y húmedo entraba por la ventana del cuarto. “Viento norte”, decía el pronosticador en la radio.

—¡Uf! ¡El viento de los locos! ¡Lindo día para inspirarse! —se lamentaba para sus adentros. Pero ya estaba decidido y no iba a permitir que un simple detalle climático frustrara su propósito. No había venido para repetir las ceremonias de un deseo secreto que nunca se había atrevido a revelar.

Pero nuevamente lo ganó la vacilación. ¿Qué clase de discurso sería el más apropiado?



—Tal vez me convenga un discurso poético, que cause impacto en sus sentimientos y ablande la dureza de su carácter, así estaría mejor dispuesta para responder positivamente a mi pedido —reflexionaba en voz alta, sin mucho convencimiento. Prontamente desechó la idea: la poesía no era su fuerte. Los intentos en ese terreno habían resultado prosaicos y demasiado intelectuales; hablaban a la cabeza más que al corazón. Además —pensaba— ella no se veía muy permeable a  sentimientos y emociones de modo que era muy difícil que por ese lado lograra el efecto deseado.



—Podría   relatarle una historia que le muestre el por qué de mi propuesta  —se decía, con más dudas que certezas, mientras evaluaba ventajas y desventajas de su idea.

Pero tampoco esta posibilidad le pareció conducente. La narrativa no era su fuerte. Había incursionado tímidamente en el género y escrito algunos relatos breves, pero allí no se sentía a gusto ni lograba decir lo que quería.



—Me parece que lo que me conviene es un discurso retórico, tipo ensayo —concluyó.

Pero debía componer un discurso muy bien fundamentado: Ella estaba  dotada de un pensamiento crítico  implacable, capaz de encontrar contradicciones y de sospechar propósitos inconfesables en las palabras más halagadoras. No sería fácil convencerla.



Mientras cavilaba de esta manera su mente iba entrando en un vértigo de palabras que, imaginaba,  debían entrar en el discurso para que fuera efectivo como el alegato de un buen abogado.

Escribió, escribió y reescribió innumerables páginas que inexorablemente fueron a parar al cesto de los papeles inservibles, mientras el tic-tac del reloj despertador que siempre lo acompañaba en sus viajes iba clausurando el tiempo segundo a segundo. En todos los discursos ensayados y pronto descartados,  un arroyo de palabras anhelantes surgidas de una mente afiebrada corría por las páginas. Ninguno, en su opinión, lograba expresar lo que él quería decirle.

Por fin, con muchas dudas, se decidió por uno.



—¡A la perinola! ¡Se me ha hecho tarde! —se dijo sobresaltado al mirar el reloj—. ¡Si pierdo esta oportunidad me corto las venas! —exageró—. La sabía muy estricta en el cumplimiento de horarios acordados, así que no  podía  permitirse una demora.

Recogió apresuradamente sus papeles, acabó de vestirse y se lanzó a la calle como alma que lleva el diablo. Durante el viaje en   ómnibus hacia el lugar convenido iría releyendo su discurso para aprenderlo casi de memoria. No era cosa de  tropezar en el momento decisivo —se decía.

Las calles con sus veredas, sus tiendas y su gente desfilaban ante sus ojos que miraban sin ver. Absorto en repasar su discurso lo repetía una y otra vez y cada vez que lo hacía encontraba nuevas fallas y debilidades argumentales que le hacían dudar de su eficacia y acrecentaban su inseguridad.

—Seguro que me va vapulear con su dialéctica de hierro y lo único que voy a lograr es que se ría de mí —se decía, mientras el ómnibus se acercaba inexorablemente a destino y crecían sus dudas esquina tras esquina.

Era un día complicado en Buenos Aires: Piquetes, manifestaciones, cortes de calles…todo bajo el sol infernal de un mediodía de enero.

—¡Maldito tránsito! —renegaba con impaciencia—. Así voy a llegar tarde.

De pronto, el ómnibus se detuvo. Como una tromba se adelantó hasta el chofer.

—¿Qué pasa, maestro? ¿Por qué se detiene? —inquirió casi con irritación.

—Sucede que hay un piquete de Quebracho que está cortando la avenida Callao —dijo con resignación el conductor—. Vamos a tener que dar un rodeo.

—¡Maldición! —exclamó con furia—. ¡Sólo esto me faltaba! ¡Me van a hacer llegar tarde!

Se encontraba a sólo cuatro cuadras del lugar del encuentro, de modo  que bajó casi corriendo del ómnibus y así recorrió el trayecto que restaba, jadeando y chorreando sudor a causa del intenso calor del día.

—Voy a llegar tarde, por culpa de esta ciudad  endemoniada, pero tal vez… —se decía, al tiempo que ingresaba al edificio.

Nuevamente lo asaltó la duda.

—¿Subo o no subo? —se preguntaba vacilante—. Mejor me vuelvo y  evito un momento bochornoso… ¡Voy a hacer el ridículo!

Ya estaba por desistir, pero casi por inercia subió al tercer piso. Levantó la mano para llamar a la puerta y en su reloj vio que habían pasado cinco minutos de la hora convenida

—¡Uuu! ¡Estoy llegando tarde! ¡Me va a mandar al carajo! Además estoy todo transpirado, ¿cómo me voy a presentar de esta manera?  ¡Maldito Quebracho!  ¡Justo hoy vienen a cortar la avenida! ¡Si no fuera por ellos habría llegado a tiempo! —protestaba en el colmo de la desesperación.

A pesar de sus temores se animó a entrar. En el recibidor del despacho lo saludó amablemente una señorita que seguramente oficiaría de secretaria.

—Buen día, señor. ¿En qué lo puedo servir?

—Tengo una entrevista con la doctora.

—Bien. En este momento está ocupada. Aguarde, por favor, un segundito.

No quiso sentarse en los cómodos sillones que amoblaban el salón. Estaba demasiado nervioso como para quedarse quieto. Simulando tranquilidad se paseaba por el recibidor observando  los cuadros que adornaban las paredes. Obsesionado en repasar mentalmente  su discurso no veía colores ni formas, mientras sentía que las manos se le humedecían y que la cara le ardía como un carbón encendido, que aumentaba su calor a medida que la aguja del reloj lo acercaba a la hora decisiva. Comenzó a sentir que le faltaba el aire, al tiempo que su corazón se aceleraba como un caballo desbocado. Lo invadió el pánico y acabó perdiendo la poca confianza que le quedaba. Salió sin saludar y se apresuró a  desandar las escaleras como temiendo arrepentirse.

No había llegado a la calle cuando en la puerta del despacho asomó una mujer joven, prolijamente enfundada en un tailleur gris, que preguntó a la secretaria

—Estoy esperando a  un señor que quedó en venir a una entrevista —dijo—. ¿No lo has visto por aquí?

—Sí; estuvo hace un ratito nomás, pero ya se retiró. No dijo por qué.

—¡Qué lástima! Parecía un hombre interesante. Tenía mucho interés en conversar con él…

                                                                                                   Raúl Czejer


"Para vencer un peligro,
salvar de cualquier abismo
-por esperencia lo afirmo-,
más que el sable y que la lanza
suele servir la confianza
que el hombre tiene en sí mismo."

                                                         José Hernández : "Martín Fierro"


             No te rindas

No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.
Mario Benedetti